personalia


24
Feb 10

El gato mágico estrena antenas

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Pequeña ilustración de regalo para La Maga; una aportación al caos general de su pared.


14
Feb 10

TresSeisCinco 045 – La pared de La Maga

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Ya que un par de entradas antes mencioné tangencialmente esta pared, y ya que mis tres lectores darán cuenta de que no me gusta dejar cosas en carácter de “oscura mención con tendencia a la mistificación” (que a mí los mitos me enojan, por decir lo menos), tengo el gusto de presentarles la pared de La Maga -llamada así, se entiende, en honor a su dueña.

Sería demasiado complejo (además de que produciría una lista interminable) acotar cada una de las cosas que le cuelgan a esta pared. Vale la pena, sin embargo, mencionar algunas que por su carácter rocambolesco, hiperbólico o matemático sobresalen, a saber:

En la parte de arriba usted encontrará una colección mínima de fotografías de gatos.  Mínima, pero no por ello menos notable: incluye las fotografías de Teodoro W. Adorno (el gato, se entiende; cuando era un cachorro y aún más contrahecho que en el presente, lo que ya es decir mucho), la fotografía de Mephi (nuestra primera y desaparecida gata, que seguirá siendo por muchos años el centro sublimado de nuestros afectos felinos), la fotografía de un gato de oscuro origen michoacano y la de un gato célebre de cierta librería de Buenos Aires, entre otras. Abajo, entre obras de arte y citas de Gregory Whitehead, Umberto Eco y Marguerite Duras, entre otros, usted podrá mirar una galería que incluye a varios Rezza notables (a saber: Hugo, el abuelo Rezza, la abuela y Coni), al perro Panza (unico cánido que ha podido gozar del amor de La Maga, y cuya historia aún hoy encierra múltiples misterios para mí), a Dolores, a Ivana y al Negro, así como algunas evocaciones del periplo de Estudio Rodante, que la trajo hasta mí. Claro, no pueden faltar flores y plantas secas, referencias al Eternauta (compre sólo ediciones originales, dice), una orden de simpleza, un artículo sobre el Radiophonic Workshop de la BBC de Londres y la fórmula de la secuencia Fibonacci. Un hada cuelga sobre todo ello; y un cactus, un duende y un gato de papel reposan sobre las repisas, felices como en las terrazas de un castillo demencial.

Ella me pregunta si me molesta verlo. La verdad es que no. La verdad es que en la complejidad inconexa de esa pared puedo leer, cada día, las complejidades que me hacen vivir en un estado permanente que fluctúa entre la confusión y el apego al caos.

Y eso, en mi caso, es lo más cerca que he estado de entender el mundo.

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9
Feb 10

TresSeisCinco 040 – Sines and WondERs

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En la pared del caos. La pared de La Maga.

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3
Feb 10

TresSeisCinco 034 – Y un día, despiertas en medio de una tormenta

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La Maga me llama con la quietud de quien reconoce todas las cosas que la alarman: “Vení, que tenés que ver esto” . Acudo como siempre que al reclamo le sigue un anuncio de visiones: con la cámara en la mano. Las nubes son tan bajas que si hubiéramos abierto la ventana (cosa que, prudentemente, no hicimos) alguna habría entrado a bailar para cagarnos el escaso calor de nuestra tarde. “Nunca había visto las nubes tan bajas” le reclama la Maga a su memoria, mientras palpa el vidrio y lo declara legalmente muerto, de lo frío. Yo pienso, en realidad, que los colores son tan hermosos como imposibles: ese azul que cae hacia la negrura, esas luces eléctricas que tienden a lo rojo y lo amarillo y que señalan la ubicación exacta de la pretención humana, que nada puede sino parpadear perpleja ante las nubes. Y concluyo, claro, que es un privilegio tener esta ventana.

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1
Feb 10

TresSeisCinco 032 – Retrato de La Maga sobre fondo rojo

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He vivido todas las vidas. He comprendido a medias todo lo que puede comprenderse: “a medias” apenas acusa mi condición de hombre, de extravío, de cosa que se muere. He tallado en piedra todo lo que es delicado; he roto por pura torpeza todo lo que no podía romperse, toda noción de historia, toda memoria, todo futuro, toda grandeza. He obtenido y he renunciado y ambos estragos los he cometido con la misma gracia de cocinero jubilado. He podido cantar coplas de místico y he podido danzar entre derrumbes y holocaustos. Invento el fuego, creo la tierra; soy sin embargo incapaz de articular un augurio que me sea propio, una agitación, un eclipse. He traído a mi lecho cada sueño, cada hora, cada accidente. No me reconozco entre los que ganan, no me asumo como cercano a los que pierden. He vivido todas las vidas, he muerto todas las muertes. He provocado erupciones, cataclismos, exámenes sorpresa. He visto que en el cauce del mundo todo se resuelve. He consumido todos los placeres. Cada día contigo.

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30
Ene 10

TresSeisCinco 030 – Casa de Adobe y Limonero

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Le digo a la Maga que mi vida, si alcanzara la perfección -esa a la que toda vida humana, por derecho, aspira-, se parecería mucho a esta casa. Lo que ven aquí no le hace justicia pero, injusto como soy, sí retrata lo que más me gusta de ella: esos techos a doble agua con tejas como máquinas prehistóricas; esas ventanas derruídas; esa puerta azul descascarada y de madera que recuerda edades completas -casi novelas de Herman Melville-; esas paredes pesadas de adobe que, a pesar de que parecen destinadas a durar para siempre, demuestran a los pocos metros que tienden a la ruina (y que la ruina se parece mucho a esos remiendos de lámina que, desesperadamente, las apuntalan); y, sobre todo eso -no evoco un orden o una preferencia, sino una cualidad física comproblable-, ese árbol que le regala raíz y sombra y fruta para siempre.

Si eso no es a todo a lo que un ser humano cabal puede aspirar, si eso no es lo más alto que puede llegar alguien, si no es la más profunda de todas las posesiones, esa certeza (no el predio o la casa o el árbol o la barda o la lámina o las escrituras de “propiedad” de todo ello), no sé qué otra cosa podría ser.

Para mí, Maga, es perfecto.

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27
Ene 10

TresSeisCinco 027 – El árbol negro

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Suave es el destino de lo que muere. Agrega tormentas a su bolso, le da peso de tumbas a su equipaje. Quiere destruirlo todo, lo que se muere: la sonrisa incidental de un frasco de conservas, los pedazos de progreso y plataformas de petróleo que se rinden junto a un accidente carretero, la cartera de clientes de un dentista divorciado, la sonrisa de mi hija y los bailes de claqué. Quiere para sí todas las muertes, lo que se muere: quiere que le sirvas, que seas su puta, que le lleves serenata. No imagina sino negruras, incendios forestales, el fracaso del artista debutante; no puede sino imaginar apagones, diletancias postergadas, naufragios de Aquitania. Lo que se muere te quiere de oficinista, de cerillo en fábrica de velas, de insomnio de abogado. Clama para ti toda muerte, lo que se muere: quiere muerto todo, evanescente, y se apresura.

Es imbécil, lo que se muere; pero da tristeza su entusiasmo de sepulcro.

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25
Ene 10

TresSeisCinco 025 – Espíritu

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Si alguna vez tuviera que explicarle, digamos, a mi hija -por esas preguntas que caen como accidentes y cuya respuesta es siempre distante, casi imposible- qué es, cómo se constituye, cómo se ve, de qué materia está hecho el espíritu, la llevaría a tocar esta agua que descubrí hace un par de días en la montaña. A esta agua no la evade ningun significado. Si esto no es la esencia misma del mundo, si no es lo que debe pervivir, lo que debe mutar pero conservarse en su significado último, no sé que otra cosa podría ser. Esta es, de muy lejos y para mí, una de las cosas más bellas que he visto en mi vida; huelga decir que de esta foto me sentiré siempre orgulloso, en su salvaje simplicidad.

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17
Ene 10

TresSeisCinco 017 – Esa visible oscuridad

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Todo lo que soy capaz de matar. Todo lo que vibra en negro. Todo lo que gira en mi intento. Todo lo que resuena en la llamada a muerto que es, a veces, la expresión pura de mi mortaja y de mi amor. Todo lo que evito, sin poderlo. Todo lo que en mí se dedica a matarme.

Retrato para un día dedicado a mis tormentas.

En 1985, el escritor norteamericano William Styron entró en una espiral depresiva que lo llevó al hospital psiquiátrico luego de un fallido intento de suicidio y de una desestructuración general de su vida. El texto que resultó de esa experiencia es, probablemente, uno de los pocos documentos válidos que retratan la depresión en la era moderna que, por fortuna, no repite lugares comunes decimonónicos ni se pierde en el intento de “asombrar”  al lector con desgarres facilones para complacer al público oscurito por vocación. El ensayo, “Esa visible oscuridad”, se consigue y vale muchísimo la pena.

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3
Nov 09

Una vista distante

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¿Cómo relato mi naufragio en estas costas, cómo se desliza la palabra fracaso con afán de sutileza? ¿Cómo acudo a mi hambre de ti, cómo la articulo? ¿Como frase acabada, como duda, como casuística, como enjambre? Presumo de tener mis tropas listas en la frontera; presumo del cálculo de un ejército invasor, de su anhelo de rapiña, de su inacabada pericia para la muerte, de su sentido lejano del deber y del contrapunto y de la sombra. Me aventuro en preguntas porque la matemática no es ni remotamente exacta en mi caso: mis números adolecen de precisión y de viento, de ritmo y de desespero. Nada acude a lo que nombran mis ecuaciones; me alimentan un desaliento de barco hundido y una forma torpe de decir las cosas: la gracia de un buque de guerra para pedir amor al prójimo.

La verdad acude a la distancia; una mirada de insecto, un vivir desde abajo, una complacencia en los rincones. Mi torpeza se parece a la torpeza de un gato que no cabe en la cornisa de una ventana: el mundo es grande, pero su equilibrio tiende a lo precario. Mi torpeza invade primeras planas de periódico, gana premios y doctorados, se le cita a juicio, se le obliga a explicarse.

Habrá luego un memorial de torpezas, me digo; un relato del naufragio. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no temer la pérdida de una interrupción como la tuya? ¿Cómo no temer el soslayo de tu oído? ¿Cómo no acudir a una tormenta de explicaciones, cómo no resumirlas en un silencio perplejo, de aparador, de faro de luz?

Soy un Robinson a la orilla de lo que tú resguardas. Todo se conjura en mi contra.

Salvo el abrazo de tu vista distante.