cine


6
Nov 08

The Sugar Factory – Fred Frith y Evelyn Glennie

No soy muy dado -y mis tres lectorxs darán cuenta de ello- a recomendar nada en este blog. Usualmente, la construcción de esa materia evanescente que es “el gusto” me parece uno de los espacios más íntimos que un ser humano, lo ejerza o no, puede tener. Decir “esto me gusta, esto no” es un acto de afirmación, tal vez uno de los más definitivos y uno de los más comunes; por lo que, inefablemente, tiende a lo autoreferencial. Por otro lado, la mayor parte de los blogs, revistas y demás parafernalia destinados a recomendar lo que sea tienen ese tufillo aberrante de “te lo recomiendo; si no te gusta, no sabes nada” que a mí, por lo demás, me jode bastante. Esa autocomplacencia es la mar de inadecuada: resulta patético mirar cómo hay una carencia de glosa, es decir de impronta, es decir de goce, cuando alguien te recomienda algo; por lo regular, un texto que recomienda “algo” (película, música, libro o posición del kamasutra) tiende a ser una miserable lista de atributos que van desde el muy socorrido “está buenísimo” (que dice poco menos que la mitad de nada), hasta el “es muy recomendable” (que es precisamente la otra mitad de nada). Si hay alguien que use el “es imperdible”, que hasta yo he usado en un par de recensiones, hay que comenzar a sospechar: o quien recomienda no entendió lo que está recomendando (ya que algo que refuerza un conocimiento que ya poseíamos por lo regular es prescindible) o le parece honestamente “lindo”. Y, como decía John Densmore de The Doors, lo último que un artista quisiera es que su arte se considere “lindo”; que equivale a que digan que es buenísimo, recomendable o cualquier otro adjetivo, como decía, sin glosa*.

Como quiera que sea, esta digresión no tendría sentido alguno si no fuera, ay de mí, a recomendar algo. Prefiero pensar que no lo recomiendo, sino que lo encomiendo para su disfrute a quien sea que se atreva a escucharlo, porque de escuchar se trata. Y se trata de escuchar porque se trata de un disco.

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5
Jun 08

a.r.t.a.u.d.

Derrotado, estaba vivo. Acuñado en sí
como una moneda de barro. Acuñado en sí
tendiendo al mismo río, a la misma orilla
frigio como gorro y revuelta, salivando
bajo fondo de la palabra y el estruendo
casi vivo en fulgores. Artillero de tablas
en un barco que nació hundido, en el fondo
estable de un mar de inquina y no decir.
Rabia en espera, decidido, febril disparo
fanático en tiempo de fe retráctil, disparo
del lado del momo, del flato, de tripa
arte nuevo desde el culo, abrigando un sin
sentido de los huesos, voz y calavera
hollín del incendio. Arma sin calibre
vista doble de un ciego, sus manos abrazaban
abrasaban de luna la ausencia de estas nubes.
Tiene un nombre en mí, un hombre en nadie
un barco, una vagina, una guerra por decir
y una paz que no se nombra. Biógrafo
del infierno, cineasta de Dios y olvido.
Amante del protector de dientes y la sábana
la convulsión de la sala de terapia y el foco
que se eleva y parpadea. Despótico, camina de lado
donde no hay espacio, y se queja, y se abre. Vence.
Claro vencedor, se derrota. Derrotado
estaba vivo.

Ayer me puse a pensar en Artaud. Lo hago cada tanto: pensar en alguien como él es como pensar en una oscuridad y evocarla con la mente para materializarla en ese espacio vacío que queda siempre entre nuestras manos y nuestro corazón (¿cómo?, ¿nunca habían notado que hay un espacio siempre vacío entre nuestras manos y nuestro corazón?). Pensar en Artaud es para nada práctico; es inútil, vacío y por eso entrañable. Me imagino que los creyentes de cualquier religión sufren un proceso parecido; con la salvedad de que pensar en Artaud corre un riesgo ínfimo de llevarnos de la mano, como idea, a la imbecilidad. Aunque los he visto, que conste. Como sea, pienso en Antonin Artaud y me lo imagino siempre como el Marat del “Napoleón” de Abel Gance. Jean-Paul Marat, el loco, el asesino, el revolucionario, el radical, el del pueblo, el cristo que masacra. Artaud, lo mismo. Uno el eco del otro; ambos muriendo de una puñalada en la bañera, sin revolución, despojados del todo. Y Artaud, un puente entre él mismo y el otro. Artaud, siempre un puente, siempre fibroso. Artaud, mirando al cielo, con la toalla en la cabeza. Artaud, el Momo, vivo.


20
Nov 07

El mundo es un sitio bizarro, sin duda: Lady Baby

La definición gala (o sea, en términos llanos, francesa) de la palabra bizarre es “valiente, bravo”. No así la definición angloparlante (es decir, en términos llanos, inglesa) de la palabra bizarre, que denomina “anómalo, extraño, fuera de lo común”. Así pues, los hispanoparlantes (que hemos retomado la palabra ya sea de los anglos o de los galos) tenemos que andar haciendo aclaraciones del “sentido” (galo o anglo) de la palabra bizarro cada maldita vez que la utilizamos. Lo que ya es jodido, pues, sobre todo si uno no quiere ofender o que le entiendan mal en un escrito, conversación o lo que sea.

Sin embargo, hoy que publico esto no puedo evitar usar la palabra porque, con una elegancia inusitada, esta ambigüedad dice hoy mucho de las sensaciones que el vídeo que encontrarán más abajo provocó en la maga y en mí la primera vez que lo vimos. El artilugio forma parte de los extras del dvd de “Confessions of a Dangerous Mind”, dirigida por el caribonito George Clooney y que habla de cosas que no viene ni a cuento contar, lo que no quiere decir que la película no sea como para verse una vez en la vida.

Sin embargo, cuando nos enfrentamos con algunos de los “actos” que para retratar la bizarrería (en el sentido anglo de la palabra) del “Gong Show”, que es uno de los leitmotivs de la pelicula de marras, fueron grabados por Clooney para la película, nos encontramos con esta mortífera pieza de… no sé si atreverme simplemente a llamarla “de video”, por que lo es, o categorizarla como “de arte” que casi sin duda lo es. Y en el casi está su más acabada bizarrería, en ambos sentidos, galo y anglo, de la palabra.

Ya que no quiero prejuiciar a nadie, primero pues, la pieza sobre la que tan fehaciente y confusamente diserto… la Lady Baby:

Ahora bien, el vídeo no parece sino una especie de acto anómalo de esos a los que los gringos son tan increíblemente afectos. No en vano tenemos (o teníamos hasta hace algún tiempo, porque hace mucho que no la veo) la televisión mexicana infestada de programas que reproducían los “candid videos” de los gringos; desde el ofensivo “Candid Camera” hasta el imperdonable “Ay Caramba” que utilizaba la voz de Bart Simpson (es decir, la voz de Marina Huerta) para validar en el imaginario de los incautos que veían la comicidad de los estúpidos videos. Por lo regular, esta clase de programas acuden al lugar común del pastelazo, el tropezón, el escarnio público o el autoflagelo para reclamar su ínfima cuota de humor.

Sin embargo, en este vídeo hay algo que no encaja, o que está mal. La mujer que lleva a cabo el acto de Lady Baby es una adulta. Una adulta, además, que sufre de enanismo. Es por otro lado una mujer que utiliza estas características suyas para “aparentar” ser una bebé, con gesticulaciones, sonidos guturales y con un disfraz de por medio. Si esto no fuera suficiente, Lady Baby salta del inglés al español durante su acto, lo que indica cierto origen hispano bastante notorio en el color de su piel y en el hecho de que su pronunciación del español es mucho mejor que la del inglés.

No sé exactamente qué es, pero la primera vez que vi este video me dio miedo… fue notorio el silencio de la maga y el mío… nos volteamos a mirar y soltamos un “no mames” que trascendió la diferencia de países… a los dos nos había parecido extrañísimo. Lo volvimos a mirar y el efecto fue el mismo.

¿Qué es lo que está mal aquí? ¿En qué consiste la bizarrería de este artefacto? Probablemente, tanto la maga como yo exageramos la reacción. Pero a mí me sigue pareciendo que este video está mal. Hay algo en él que me subyuga, y no de una manera buena. No me produce sino un profundo rechazo pero, al mismo tiempo, me seduce.

Bueno, en fin. Lo comparto con ustedes. Que lo disfruten


24
Mar 07

¿Nosotros importamos?

Y el año nuevo llegó.
El nuevo milenio.
Sólo un día más en toda una vida de días similares.
Pero cada uno de ellos lleno a tope de posibilidades.
La posibilidad del desastre.
Y la posibilidad de la perfección.

Estar entre ellos de nuevo era bueno.
Los inocentes y los culpables.
Todos igualmente indefensos.
Todos perfectamente perdidos.
Y, aunque fuera espantoso admitirlo,
todos mereciendo el perdón.

¿Qué va a ser de ellos?, me pregunto.
¿En otros 100 años van a nacer todos en probetas?
¿O tal vez van a evolucionar en computadoras,
para formar grupos de máquinas de inteligencia artificial sin cuerpo?
¿Van a recordar quién fui yo?
¿Van a recordar lo que dije?
¿Eso va a importar?
Tal vez alguien más va a venir y va a decir más o menos las mismas cosas.
¿Alguien lo tomaría en cuenta?

¿En 100 años van a vivir en otro planeta?
¿Va a seguir existiendo la tierra?
¿Van a diseñarse a sí mismos genéticamente para que la enfermedad sea cosa del pasado?
¿Van a convertirse todos en una sola raza gigante y multiétnica?
¿Van a descubrir el secreto del Universo?
¿Dios?
¿Van a convertirse en Dioses ellos mismos?
¿Qué van a comer?
¿En qué clase de casas van a vivir?

Las ciudades, imagínatelo,
¿cómo podrían llegar a ser?
¿Van a tener que seguir yendo a trabajar cada día?
¿Cómo se van a vestir en el futuro?
¿Llegarán a ser tan inteligentes como pueden llegar a ser?
¿Y ser más inteligentes los va a hacer más felices?
¿Van a hablar todos el mismo idioma en el futuro?
¿Van a hacer el amor?
Tal vez va a llegar a haber más de dos sexos.
¿Van a seguir creyendo que la vida es sagrada?
¿Eso va a importar?

¿Nosotros importamos?

Jesucristo (en “The Book of Life”, película de Hal Hartley. Traducción de Daniel Iván)


23
Nov 06

Altman

Charros. Descance en paz, Robert Altman.