No tengo noticias de nuestros tiempos. La historia nuestra es un borrador de horizontes, una radiografía de tibia rota, una ausencia de nubes y de augurios y de adolescentes en plan de mano abierta. Frágil destino el de nuestros tiempos: desgracia intacta la de haber nacido contemporáneo de tantas cerraduras. Nuestros tiempos afinan para desconcertar, se atavían para la hora amarga, destinan presupuestos para la clausura de tristezas. Quienes tienen tiempo no tienen cabida en nuestros tiempos; la prisa es tanta como la brisa, como la triza, como la ausencia de caligrafía. Salen sombras de toda oscuridad en nuestros tiempos: la desgracia alcanzó su revolución industrial, su virtud de rapidez, su ansiedad de ser virtual y cadavérica, su medalla al mérito de los políglotas.
Nuestros tiempos son tiempos de volar; un batir de alas derrota toda posibilidad de conjurar las ansias de no estar aquí, ni ahora. Un ave que se pierde conjura para nosotros las ansias de parir odiseas, de tejer penélopes, de arrebatar puntos y comas.
No tengo noticias sobre nuestros tiempos.
Aquí no pasa nada. Allá va el tren. Allá la luz de otros tiempos.
A esa luz me acojo, como edipo al lecho de su madre.





Pasar hambre, como pasar un tren por la vereda. Hambre como bagatela, como rock clásico, como apelación en un juzgado. Cuento las costillas que se dejan ver, las comidas que me omito, el aliento que comienza a oler a nada con una pisca de muerte. Cuento como si contaran las llamadas a misa, las variables en una ecuación venidera, los entretelones. Cuento los billetes que nadie perdió, los que no me encuentro al caminar de cabeza baja y derrota por hambre. Cuento los pozos envenenados en las guerras, las cosechas quemadas, la delicia de hacer pasar hambre a otros que no son. Contar a cuento, vibrar a bandera abatida. Financiar mi recaudo se hace imposible al pasar el hambre como arteria sexy por mi puerta. Y me cuentan que así es todo, imposible, los que pasan hambre como pasan el trago para pasar la noche u otra cosa que de juicio se ausente. Todo lo que hay que pasar para pasar un hambre como estadía.
Derrotado, estaba vivo. Acuñado en sí
Su cuerpo nunca está quieto, aún en la quietud de los albores: se destaca el devenir de una curva, la línea recta de una pregunta sin sentido, el vibrante devenir de su cabello como de medusa. En cada estadio del día hay movimiento, en cada movimiento una virtud o un enamoramiento.
cruel como una hortiga sin territorio
Vivir con la convicción de un asesino. Asumir la querella, la delectación de un paraguas, asumir la sumisión a nadie, el amor calibrado de una máquina. Siento la voz de dios que recorre mis venas, con la calidez del vómito o la simplicidad del final de una fiesta: se apagan las luces, se queda flotando el olor del vino, de las risas, de los amores, de las conversaciones patéticas, de los besos de una pareja de adolescentes, del sueño de un reloj. Asimétrica, la vida se asume en lo que tiene de muerte, como las hojas que caen de un árbol con la certeza de su quebranto.
No, yo no amo. Los sentimientos viles me apabullan, como me apabullaba a mis quince la idea de morir virgen. No amo en ti ni la mirada ni el gesto ni la sepultura ni la posibilidad de la noche. Me es completamente indiferente tu destino tu desatino tu explicación tu menstruación tu delicadeza tu sabiduría. Nada me conmueven tus decires ni tus decencias ni tu caída libre ni tu voz de armónica de blues. Levanto los hombros ante tu piel de muerta ante tu gato ante tu delirio ante tu impronta ante tu degüello ante tus sonidos ante tus amarres ante el ancla de tu barco.



