narrativa


30
Sep 08

Deseo de muerte

Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a “Elena”. Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; “Elena, ¿porqué me dejas aquí?”, decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: “mátenme ya; ¿por qué no me matan?”.

Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.

Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.

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28
Feb 08

Caminando en círculos

Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.


5
Jul 07

Ítaca y una fractura

Escribo esto desde el hospital Rubén Leñero, cama 16 del 3er piso, servicios de… mmmh. Olvidé el nombre. Ya. Ortopedia: sustantivo. Área de la medicina que se ocupa de los problemas del Orto.

El martes pasado rompí mi pierna en un accidente la mar de absurdo. Mi bicicleta, bautizada por la banda como “la sombra-luz” (por la famosa motocicleta del SubComandante Marcos), tuvo la brillante idea de derraparse conmigo arriba. Vi cómo se acercaba el piso de una forma inusualmente rápida, mi cara se estampó contra el piso, mi brazo izquierdo… y debajo de todo esto, mi pierna izquierda. Al principio, sólo tuve la extraña certeza de que algo no estaba bien. Una mujer muy amable acudió en mi auxilio; su primera declaración fue:

- No se mueva, joven, porque sonó muy feo.

Me encantó que fuera el sonido lo que definiera la preocupación de mi benefactora.

Hospital local, mucho dolor, preguntas absurdas todo el tiempo (nunca dije tantas veces mi nombre a tantos desconocidos en tan poco tiempo), sala de urgencias del Rubén Leñero, la definición misma de lo sórdido a mi alrededor. Todos muy amables, pero con esa frugal indiferencia por la miseria humana que, me imagino, debe ser una característica sine qua non si uno quiere vivir de eso.

Y bueno, ahora aquí, en una cama, la 16 del 3er piso, Ortopedia.

Fractura de Meseta Tibial tipo IV de Shalkter. Qué mierda significa eso, sólo los doctores lo saben. Lo que sé con certeza es que van a operarme. Tornillos, placas, dinero. No es buena idea, nunca, caerse y romperse un hueso.

Es como huir de Ítaca, escuchando el canto de las sirenas, y saber que a la vuelta de la esquina te espera el naufragio.


18
Jun 07

última verdad

He visto cosas que ustedes los humanos no creerían… Naves de ataque en llamas sobre el hombro de Orión. He visto rayos de mar centelleando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
Hora de morir.

Roy Batty en Blade Runner

escribo sobre todo, pero más sobre el tiempo. escribo sobre todo y sobre nada, con la particularidad de las hojas que caen del árbol de un ahorcado ante el pasmo de la muerte. escribo sobre el tiempo porque el tiempo es una plancha de morgue sobre la cual escribir. me apoyo en las horas mías, en mis años, en mi silencio. me apoyo en la espalda de un dios al que me cojo al mismo tiempo (dios verga, dios culo, dios verdadero de dios verdadero, sodomizado por mi afán, cogido y recogido por su infinita mala suerte). miro las salientes tímidas de esta historia: retirado a mi cama vacía, soy delicado y brutal. soy solo y sigo siendo solo. solamente incauto de delicias y naufragios. esperando el frío y la noche, esperando, esperando. deliciosamente artero, fijo la mirada en un punto del techo y aspiro a la delectación. vibro como un hombre viejo. destilo tiempo como un hombre viejo. muero, como un hombre viejo. no aspiro al perdón de ninguno de mis años. no he de coronar leyes ni descaros con la realeza de mi tiempo. diminuto como un par de lesbianas enredadas en un beso, mi barco hace agua y mi corazón se astilla.

- ¿dices que te provoca, qué? -pregunta ella, mirándome espantada desde la pared en la que yace su par de ojos.

- me sofoca, me provoca asfixia -afirmo yo, y me doy la vuelta sobre la cama, dispuesto a discernir los colores ufanos de la colcha, acercado mis ojos cerrados hasta abrirlos en perspectiva infinitecimal. nada se puede ver a esta distancia, pero nada se puede ver a distancia alguna.

me incorporo de toda esta pulsión de muerte. solo, solo y solamente. apabullado por un cuerpo que ya no es mío, delatado por lo que conservo de mis años. abrazado a mi pobre dios jodido, dios de culo abierto, dios de reticencias y parcialidades. viajero frecuente de la muerte, que es suya y de nadie.

- está de no-seas-mamón -dice ella, y escucho su voz como desde lejos, como desde otra ciudad, desde las lejanías de un encuentro que no se da, de una rutina febril entre lo que se dice y lo que se interpreta. hermenéutica del culo de dios, en un loco francés.

- ¿el qué?

- tus fotos de la piel.

si pudiera llenar un hueco con una foto de la piel. si pudiera dejar de comer porque he comido, si pudiera dejar de vivir porque he vivido. si pudiera dejar de cumplir años y rituales y promesas y prosapias. validando al tiempo como un reposo, validándolo como a una respuesta correcta en el examen de la historia y su ruptura.

he visto cosas que ustedes los humanos no creerían. un par de lesbianas masturbándose frente a mí, mientras me debato en los atajos de una erección dolorosa. un adicto que era mi amigo y que se murió de un accidente, como hay quienes se mueren de amor o de modorra. cuerpos desnudos que corren tras un placer evanescente, escurridizo. una mujer de barrio bajo que me contaba cómo veía personas colgadas en los postes de su colonia cuando tenía 6 años, méxico-siglo-veinte. he visto a la ninfa sin verla, a la maga sin verla, a la muerte sin verla. he visto la milagrosa sonrisa de mi hija, intacta, como si el tiempo mío relevara al suyo.

y en esta carrera de relevos, no te he visto a ti. eres lo único que no he visto, lo único ignorado, lo único por descubrir. la única magia que aún se me reserva. la única muerte que deseo. la única persona que me hace preguntar paraderos: ¿dónde estás?

la única verdad. silente, vacía. relojes contando tiempo, la última verdad, la única, en este día de tequila y pastillas para dormir.


pleased to meet you, i hope you guess my name…


24
Dic 06

n’est pas un red light district

los ojos se desvían. dios es un terrible hombre americano que viste una peluca roja y filma porno callejero. estoy cautivo y no lo estoy. me tiemblan las manos y el cable de la licuadora. los ejércitos avanzan victoriosos sobre sus propios cadáveres, sobre su propia ruina infinita. no hay esperanza ni libros de cocina. se calienta. se frota las tetas como influida por la propaganda de la temporada. navidad no llega a tiempo y no llega con pañales sucios del niño dios. se abraza a un fuego y a los discursos del gobernador. no pasa sino el estío. en el cono sur es verano ahora, y se joden con fruición las madres en desvíos paralelos. gracias a dios estamos horrorizados. gracias a dios estamos en guerra y en talento. no me digan, piensa, que la salida es dejar de hacerlo. no me digan, piensa, que la salida es la derrota o la jofaina de un vidriero. la escupidera de langston hughes. que yo sea esta mujer iluminada. que yo sea el recuento de sus poros, la sal de su sudor. que yo sea el advenimiento de otros siglos y la caída de otras horas. que nadie nade desnudo. que se borren la calle y la iluminación de fantasía. que se borren los cadalsos y los cuadros de edvard munch. esto grita más que un auto que se roban. esto grita más que cien fábricas de incienso. se quita la ropa interna y recuerda que su madre le habló de partes íntimas y de hervir la leche. que su perro ladraba a cada bicicleta y a cada hoja caída.

recuerda que cada vez que sus tetas se enfadan, cae nieve sobre ella.


16
Dic 06

La Biblia Gutemberg

For he lives twice who can at once employ, The present well, and e’en the past enjoy.
Alexander Pope

Mi mano se desliza por el lomo de cuero del ejemplar. Palpita como si el horror interactuara con la vida; como si el horror pudiera cobrar vida en cualquier momento. Y me digo que han pasado demasiados años desde que vi este volumen por primera vez; demasiadas guerras, demasiados horrores que, de una u otra manera, me dicen que el volumen no ha estado en paz. Que ha hecho lo suyo de una u otra manera. Por lo menos, desde la última vez que me encontré con él.

Escucho sus pasos apresurados resonando en las paredes llenas de libros. De pronto me da la impresión de que esos pasos no tendrían que sonar de esa impúdica manera en un lugar como este, en una biblioteca ahíta de palabras, papel, memoria catalogada. Suenan como si estuvieran ocurriendo en un lugar vacío y no es un maldito cuarto lleno de libros. Pero tal vez, me explico, sea porque las palabras y el papel y la memoria no significan nada, sino vacío. El vacío aterrador de la humanidad que somos.

La miro virar hacia el pasillo donde me encuentro, el volumen transpirando en mis manos como si fuera un pene delirante.

Viste con su inocencia de siempre, con el desparpajo de una niña, como si acabara de levantarse. Siempre parece que acaba de levantarse, salvo cuando acaba de levantarse. Lo cierto es que nunca la he visto levantarse, porque nunca me he acostado con ella. El pene-libro se agita ante la idea, triste.

Al verme, sonríe.

- ¿Estás cien por ciento seguro que es el bueno? -me pregunta, mirando mi mano llena de libro con esa curiosidad enferma que demostró desde que le hablé de él.

- Muy seguro. No hace falta más que ver el encuadernado para saberlo.

Arroja sus manos sobre el libro pero antes de tocarlo se detiene, como recordando las historias que le he contado y, si éstas son ciertas, el material del cual está fabricado el forro del libro. Luego de un segundo de dudas, toma el volumen con la reverencia que su mente le dicta para el caso y le da la vuelta para mirar la portada.

- Increíble -musita; y no acierto a decir si lo dice conmovida, asqueada, horrorizada o excitada sexualmente.

- Sencillamente inverosímil.

- Lo sé. Como puedes ver, la piel parece tratada con algún tipo de proceso químico que le permite conservar cierta lozanía. casi como cualquier otra encuadernación en cuero, sólo que esta, dadas las particularidades del material, debería estar mucho más ajada.

Ella voltea a mis ojos y me escruta con atención.

- Déjate de mamadas y dime, ¿es realmente el mismo? ¿Cómo puedes saberlo? Podría haber cientos de ejemplares exactamente iguales a este, tal vez miles, y podrías no saberlo.

Me sonrío. Su carencia de rigor es realmente hilarante, particularmente porque es una persona brillante. A veces cuesta trabajo imaginarse a una persona brillante y no rigurosa. Como quiera que sea, alcanzo el libro y, sin quitarlo de sus manos (un poco por el horror palpitante que me da tocarlo, pero otro poco porque es un gesto muy de “maestro paciente”), le doy la vuelta.

- Es poco probable lo de “miles de ejemplares”. Imagínate: si hubieran hecho miles de ejemplares, tendría que haber algún registro que diera cuenta del hecho; no podrían haberlo hecho sin que nadie notara nada. Además, casi por regla general, cuando se tiran miles de ejemplares se necesita tener algún tipo de control, particularmente en este tipo de libro hecho “ex-profeso”. Sin duda, tendría alguna forma de control de tiraje y bibliográfico, además de algún tipo de registro de distribución. Y, como observarás, ni siquiera tiene colofón. Si asumimos como cierta la antigüedad de este libro, debemos recordar que en la época experimental de la imprenta nadie se imaginaba que el colofón sería necesario. Esa es una putada de la producción en masa. Además, está el hecho de que este libro está marcado -agrego, señalando en la cuarta de forros, casi con placer, la marca a la que me refiero.

Ella parpadea y deja caer, obscenamente, un dedo sobre la marca. Cuenta “uno, dos, tres” como una adolescente que contara a sus novios. Saborea el tacto de aquello en sus manos, y me pregunto si no será capaz de sentir el pulso que aquel libro despide, el ritmo de un corazón muerto hace siglos, el espanto de ser lo que es.

- Dios santo -balbucea, y se cala los lentes en la nariz con el dedo-. Esto es absolutamente inaudito. Tres lunares.

De pronto, su rostro palidece. Parece que en segundos todas mis referencias al libro, las cosas que le he contado, han cobrado la calidad de “real” en su cabeza. Se percata -pienso, como una adolescente que descubre que el sida existe frente a la visión de su sarcoma en el espejo-, de que las cosas que le he dicho que hace ese libro son ciertas y posibles para ella. Recuerdo con una sonrisa a medias que la primera vez que llegué (debería decir “regresé”) a Europa y bajé del avión lo primero que pensé fue: bueno, esta mierda existe y no es nada del otro mundo. Como si algún día, en mi largo pasado y en un afán de Santo Tomás, hubiera decidido no creer en nada que no fuera pisado por mis pies. Y como si mi mente, de vez en vez, quisiera negar el profundo y antiguo conocimiento que tengo sobre Europa.

- Cabrón -escucho que murmura-. Cabrón, cabrón -. Su mano dubitativa se atreve a abrir el libro, cualquier página parece ser suficiente. Los ojos se desvían de un lado a otro, y sé que los va a reconocer, porque mi mente reconoce que ella sabe de eso mucho más que yo (aún cuando “eso” esté tan íntimamente ligado con mi persona). Y porque además, para cualquier ojo educado sería obvio.

Su rostro se ilumina en una mezcla de horror definitivo y de placer en duda.

- Cabrón, no mames, estos son caracteres Gutemberg.

Siento el brutal repique de las campanas de una iglesia cercana. Rompiendo el silencio de la biblioteca, amenazando con su absurdo llamado el momento perfecto que ella, yo y el libro hemos construido. Pero no ocurre. Sus oídos parecen ahora completamente ajenos e indiferentes a cualquier llamado de Dios. Mejor así. Los dedos de ella comienzan una caricia mas decidida sobre el volumen, le dan la vuelta, recuentan los lunares en la cuarta y luego, decididos, se dan el lujo de volver a la portada y de acariciar los pezones, el breve y asqueroso vello que aún queda en el pecho, se deslizan temerarios sobre el pedazo de estómago como si se dirigieran al ombligo ausente, o más abajo. La miro y pienso que sus ojos tienen algo de expectante, algo de lúbrico, y descubro en mi mente el recuerdo de esa misma sensación, la primera vez que estuve a solas con el libro terminado y pude corroborar con el tacto la brutal realidad de su manufactura: esa mezcla inaudita de un asco profundo, de una sensación de miedo absoluto, y su danzarina mezcla con un erotismo primitivo. Supongo que cuando fui capaz de sentir ese gozo subrepticio debí saber también que estaba perfectamente dispuesto a sucumbir a las promesas de ese libro. Y a su costo.

Estaba dispuesto casi a olvidar que mis manos tenían una relación íntima con ese libro. Con su material. Fui capaz, digamos, de verlo como la obra de otro.

- Me cago en la puta -larga ella, cuando termina de acariciar el libro con su reverencia lúbrica, si eso es posible-. Tienes razón; miles de ejemplares habrían significado una matanza de la que habría registro. Si hubiera más, claro, cada ejemplar sería único. Sería extraordinario, por ejemplo, si hubiera un ejemplar fabricado con el pecho de una mujer. Eso sí que sería cachondo.

Me distraigo mirando los brillos de su cabello contra la escasa luz que penetra por los altos ventanales de la biblioteca. Sus ojos comienzan a parecer demasiado brillantes, demasiado desubicados, demasiado llenos de preguntas. Me reconozco en esos ojos y reconozco los primeros efectos del libro en su mirada, en la tez que comienza a palidecer, como si la enfermedad comenzara a coquetear en sus mejillas.

- Bueno, recordemos que el único ejemplar, por lo menos el único ejemplar público, de la biblia Gutemberg, el de la biblioteca pública de Nueva York, demuestra que cada espécimen mostraba no sólo modificaciones menores en la tipia, sino grandes modificaciones en el diseño de…

- No, espera -acota ella-, está otro ejemplar en la colección de la biblioteca pública de Burgos.

- Sí, pero ese está hecho con los 290 tipos que Gutemberg mandó hacer posteriores a la primera impresión. Los caracteres unidos -le respondo, señalando con un dedo frío el interior del volumen.

- Cabrón, tienes razón -respinga ella, abriendo brevemente el libro y observando con ojos vidriosos otra página cualquiera-. Estaba a punto de decirte que este podría ser una edición de Fust y Schöffer -me muevo incómodo, como si me hubieran clavado una aguja en el pie; pero ella no lo nota-, o incluso posterior; pero este libro tiene que haber sido hecho con los caracteres originales, los del ejemplar de Nueva York de la otra biblia. No están unidos y son mucho mas rudimentarios.

Claro, pienso ante su mención de “la otra biblia”; imagínate que pudieras comprobar que el primer libro impreso en el mundo, por el padre mismo de la imprenta, no fue la estúpida biblia. Imagínate demostrar que la primera biblia impresa en el mundo -el primer libro, además- no fue la biblia de dios sino la biblia del diablo.

Pero luego me pregunto si vale la pena demostrar nada. Si vale la pena reescribir la historia y demostrar que ésta no es la historia de dios, sino la del caos. Como si alguien pudiera hoy no saberlo. Como si el hecho mismo de que este libro aparezca de vez en vez en mi vida (en la vida de cualquiera) para permitirme inducir al error a alguien (una estudiante pedorra en una biblioteca de Madrid, o un obrero en México, o un quien sea en el lugar que sea), como si esa persecución no fuera, decía, un prueba de que la historia no importa si no le permitimos afectar el presente, jugar con él, amenazarlo de alguna manera.

Entonces, recuerdo mi propia carga de amenaza.

- Y bueno, ¿qué piensas?

Largo la pregunta como si fuera casual, pero en mi mente se cierne la promesa, por llamarla de alguna forma, que tengo que cumplir. El voto que garantiza mi permanencia en el mundo. Inducir a error, le llama él, con una elegancia monacal que honestamente siempre me ha parecido fuera de lugar. Pero vale, pienso; inducir a error. Para él ni siquiera es necesario que el rito se complete. Ni siquiera le interesa tener un ejército de seres como yo, inductores del error. Le basta con una simple frase y me perdona la vida. Le basta con que se complete la seducción, el error, la idea de que es posible. Le basta con esa mirada perdida que veo en ella ahora, con ese sudor en la frente, con ese momento culminante al que ella está a punto de llegar, cuando toda noción de bien y de rectitud se desvanecen ante la promesa de que ese libro, esa biblia del diablo, ese libro impreso por el mismísimo Gutemberg -que tal vez, además, sea el primer libro impreso en el mundo-, te puede hacer capaz de infringir todo orden natural, toda ley de dios. Con eso basta. Con que esa persona, en nombre de la humanidad toda, reconozca que el orden divino es una carga y que, ante la posibilidad, la humanidad es capaz de aceptar otro orden sustituto.

- Pienso -dice ella, muy bajo, con voz de niña, de niña seducida-, que lo voy a usar.

Y sí, con eso basta. Lo siento en todo el cuerpo. En todo el antiguo, el antiquísimo cuerpo que soy. Ese cuerpo que inventó la imprenta, que la perdió por deudas (esos hijos de puta de Fust y Schöffer), pero que ganó su pretensión de inmortalidad gracias a un libro que parecía una broma y que le pidieron encuadernar con la piel del pecho de un desgraciado al que nunca le vio el rostro. Este yo que soy, este cuerpo viejo y con apariencia de joven, que pretende olvidar que nació en Europa y que Europa existe. Ese cuerpo que sabe que esa biblia del diablo es realmente el primer libro que se imprimió en el mundo.

Pero tanto da. Tengo tiempo. A veces quisiera no haber dejado atrás hace tanto mi oficio de impresor. A veces quisiera no haber aceptado este pacto que me hace un inductor al error.

Pero tengo tiempo. Tiempo para seguir siendo la bestia que soy.


8
Dic 06

Utilizado

Y bueno, recuperé la alquimia en poco menos que un parpadeo. Me dejé llevar de la mano de una síncopa (que no son cinco gordas borrachas haciendo eses por el camino), me dejé marcar el ritmo por una canción reciclada de los stones. Se me apareció jesús el cristo y me ofreció una botella de medicina (similar) con la fecha de caducidad vencida hace 30 siglos. La recibí por no dejar. Uno hace ese tipo de cosas cuando va vestido a medias de impudicia y levedad.

Pero recuperé la alquimia. Como un regaño de Rimbaud el salvaje. Me asomé de nuevo a un par de tetas (nada del otro mundo, apenas las tetas de la prima de un amigo, que de casualidad tuvo que manejar para llevarme a mí y a los cofrades a un antro de mala muerte para tocar una música de peor muerte). Pero le chupé la cara, el cuello, le saqué a pasear las tetas y me asomé a ellas como en tono de herejía. También se las chupé, claro está, porque uno no saca a pasear a un par de tetas para no llenarlas de saliva y de brillos de noche fría. Me encanta el invierno, porque las tetas se ponen duras y altivas y no tiene uno que hacer el más mínimo esfuerzo para conseguirlo. Basta con sacarlas y ellas solas se conmueven.

Luego, ella me chupó la verga, pero eso es otra historia. También intentó meterme un dedo en el culo, pero la posición no ayudaba y, además, esa es también otra historia. La historia que es esta es la de su lengua enredada en mi boca, la de nuestros cuerpos temblando de frío y de olor a madera en el asiento de su auto (me encanta la noción de que en este lance yo no puse nada sino cuerpo; nada era mío, y pienso ahora que tal vez ni siquiera mi cuerpo). La historia bajó de la idea del cielo a la idea del asiento delantero de un auto viejo. Incómodo como un ataúd pero efectivo para mirarnos a los ojos y mandar a la chingada la decencia. Ella a veces se asomaba a mirar si no venía la poli, afligida por sus tetas, pero luego regresaba a lo suyo íntima, despreocupada, criminal. Yo pensaba “en esta ciudad no hay polis”. Pero luego pensé que, en su desatino, podrían incluso materializarse ahí para joder esta historia de tetas, sólo porque sí, sólo porque les gusta joderlo todo.

Al final, me enfrenté al frío y me despedí de ella y de su auto (últimamente ando en la onda de ser estrictamente agradecido). Y entonces ella, aún con rastros de mi saliva en la cara y de otras sustancias más subrepticias me hizo la pregunta más hermosa que nadie me ha hecho después de hechos semejantes:

“Eh… ¿cómo te llamas?”

No podía estallar en el frío de las dos y media de la mañana en carcajadas (podía alterar el orden de la noche, las masturbaciones de las adolescentes, los crímenes que se estuvieran cometiendo). Pero lo hubiera hecho de buena gana.

Me llamo Fibra Óptica.

Y me siento divinamente utilizado.


1
Dic 06

la camarera fantasma

17 horas de amalgama. apostólica variante de la vocación suicida. la camarera fantasma dispone de apenas segundos para cambiar de oficio, para pasar de puta artera a vientre estival. se dispone en velocidad y artificio. en su mente suenan los juegos artificiales de la infancia, la muñeca que imitaba a una negra de la era postindustrial, la caravana del mundo que no prevee su caída.

hagamos la cuenta, piensa, y no es que no valga la pena estar bien muerta.


1
Dic 06

Go fuck yourself with your atomb bomb

Go fuck yourself with your atom bomb…
Allen Ginsberg/America

No se mueve, como si su inmovilidad fuera la línea sangrienta que subraya la sinrazón. Pienso luego que sinrazón es un término que suena demasiado cantarín si lo uso para referirime a la nímia cosa a la que pretendo referirme: salgo del palacio de bellas artes luego de haber visto una exposición anódina de un tipo que piensa que es tan talentoso que tiene el elevado deber de dejárselo saber al mundo. Salen conmigo a la noche frugal de la ciudad de México un ejército de modelos vistiendo ropa para modelos que fueron a exhibir su sensibilidad en la expo de marras (y bueno, yo estoy allí por mero accidente, más por un afán de amor que por un afán de espíritu sensible… y me pregunto si no serán lo mismo). Y de pronto, como salidos de la nada de su mente, dos grupos de muchachos se aposentan en la explanada de mármol, ataviados ofensivamente con las playeras de sus respectivos equipos de fútbol. Si no fueran las diez de la noche en este lado del mundo sería hasta gracioso; pero cobijados en la penumbra les cae encima un carácter siniestro que anticipa su estupidez. Ambos grupos comienzan a imprecarse por la improbable razón de que unos le van a las chivas y otros a las águilas. Me imagino que en el zoológico de nuestra historia esa no es más que otra guerra de consecuencia incuestionable. De pronto, con su afán subrepticio, comienza la violencia. Se gritan cosas sobre sus madres, sobre sus hijos, sobre toda progenie habida y venidera. Se retan tocándose las entrepiernas como si se retaran a coger sin contemplaciones. Los golpes, la sangre, hacen retroceder a los sensibles y se toman la molestia vulgar de empujarse de regreso al palacio, déjando un álito de perfume caro y miedo ramplón. En el espacio que se abre, veo que un grupo de quince o así está pateando en el piso a un crío que no pasa de los dieciséis; me pregunto si la relación numérica es una metáfora o un desatinado símbolo consecuencia de su cercanía con el estúpido palacio. Lo brutalizan con saña, le quitan los zapatos, le roban una pequeña bolsa de tela que cuelga de su cintura, aspirando en su odio a que en la bolsa vayan envueltos todos sus recuerdos, las monedas que le llevarían a casa, la foto de su novia de la secundaria y un poema borroneado que habla de su equipo de fútbol. En el otro extremo de la escena, los modelos se atiborran contra la puerta y voltean sin querer voltear, se quejan de la inseguridad de la ciudad, se alarman inmóviles. Los quince dejan al chico y corren; miro que pasan frente a un carro de la policía que, impasible, parece obstinado en evitar que los dos policías gordos que se encuentran dentro de él se bajen y hagan algo. Y entonces, en la quietud, el cuerpo tendido del niño comienza a cantar largas notas de silencio e inmovilidad.

No se mueve. Nada en él se mueve. Ni siquiera el color amarillo de su pecho, que tan caro le ha cobrado hoy su devoción.

Tres o cuatro almas sensibles se acercan y le miran sin tocarlo. Se horrorizan ante su estático dolor. Se corre la voz en palacio: el chico ha muerto. Alcanza para que una chica rubia de bellísimos ojos azules se siente derrotada en los escalones y se queje inarticulada y llorosamente de la inmovilidad de todos, de la indiferencia, de las carencias estructurales del país, de su propio horror, de la llegada del hombre a la luna. Su cabello lacio se arremolina en su cara como en homenaje a su beatitud. La chica invoca a dios y pienso sí, dios es esto, este chico tirado en la calle, hipotéticamente muerto, con una playera de su equipo de fútbol favorito.

Dios responde. El chico comienza a moverse y estira un brazo frente a su cara, como protegiéndose aún del horror. Algunos de su grupo regresan y comienzan a levantarlo. Nadie grita anunciando el milagro. El chico se abraza a sus amigos y comienza un intento infructuoso para mover las piernas. Los minutos pasan y logra articular un paso, luego otro, y se va caminando como un mártir del fútbol rumbo al partido, que es mañana, supongo.

Y me pregunto dónde está la gracia. Me pregunto en qué consiste el milagro. ¿En la chica rubia y su plegaria, en el viento del norte que agitaba sus cabellos, en el impasible espanto de lxs modelxs, en sus nalgas perfectas y sus sonrisas sin sexo oral, en la caída de dios sobre las porras deportivas, en que el chico podrá ir al clásico de clásicos?

A veces me imagino que, en su estupidez, la historia del mundo es como una bomba atómica explotando todo el tiempo. La vibra infalible de la muerte en cada uno de los que aspiramos a vivir.

Y hoy, más que nunca, odio el fútbol.


21
Nov 06

Amman


Amman se muestra tranquila, con esa tensa calma prefigurada que todo occidental vive en los países árabes. El viento es como un velo que se mece frente a un viento que no tiene a nadie que lo refiera, o que lo calme, o que lo añore. Sus colores son grises pero tienen cierto aire de encendidos, como una anciana que de pronto se sonrojara ante las puterías de su historia.

Tomo un jugo de naranja con zanahoria y el hombre que me sirve me dice con una sonrisa que gracias se dice “shukran” en árabe. Entonces le digo que gracias en su lengua, y me retiro calle arriba con muchos siglos de historia a cuestas. No puedo hacerme responsable ni de mi propia historia. Las sonrisas son batallas ganadas de antemano en la infame historia de las personas.


Amman calla y se envanece. No tiene pudor pero aún así no te abre las piernas fácilmente. Su frente se muestra altiva y perfumada, como si aún en pleno invierno pudiera llamarse estival a si misma. (Digresión necesaria: una mujer musulmana se acerca a mí y me pide una entrevista. Le digo que encantado y le extiendo la mano; ella se retira aterrada y me dice “no, no, por favor. No se ofenda, pero no puedo tocarlo”. Y bueno, pienso que es la primera vez que una mujer me expresa de una manera tan clara su rechazo. Hubiera preferido que empezaran antes). Amman parece querer definirse en inacción, en negar el paso del tiempo. Pero sus labios rotos la traicionan. Su afán de concreto es inacabable, como el de cualquier otra ciudad. Largo es su aliento y tiene olor a desierto y mar muerto.

Los he descubierto. Con su belleza, Jordania mató al mar.