aliteraciones


27
Ene 10

TresSeisCinco 027 – El árbol negro

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Suave es el destino de lo que muere. Agrega tormentas a su bolso, le da peso de tumbas a su equipaje. Quiere destruirlo todo, lo que se muere: la sonrisa incidental de un frasco de conservas, los pedazos de progreso y plataformas de petróleo que se rinden junto a un accidente carretero, la cartera de clientes de un dentista divorciado, la sonrisa de mi hija y los bailes de claqué. Quiere para sí todas las muertes, lo que se muere: quiere que le sirvas, que seas su puta, que le lleves serenata. No imagina sino negruras, incendios forestales, el fracaso del artista debutante; no puede sino imaginar apagones, diletancias postergadas, naufragios de Aquitania. Lo que se muere te quiere de oficinista, de cerillo en fábrica de velas, de insomnio de abogado. Clama para ti toda muerte, lo que se muere: quiere muerto todo, evanescente, y se apresura.

Es imbécil, lo que se muere; pero da tristeza su entusiasmo de sepulcro.

@flickr.

TresSeisCinco.danielivan.com


3
Nov 09

Una vista distante

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¿Cómo relato mi naufragio en estas costas, cómo se desliza la palabra fracaso con afán de sutileza? ¿Cómo acudo a mi hambre de ti, cómo la articulo? ¿Como frase acabada, como duda, como casuística, como enjambre? Presumo de tener mis tropas listas en la frontera; presumo del cálculo de un ejército invasor, de su anhelo de rapiña, de su inacabada pericia para la muerte, de su sentido lejano del deber y del contrapunto y de la sombra. Me aventuro en preguntas porque la matemática no es ni remotamente exacta en mi caso: mis números adolecen de precisión y de viento, de ritmo y de desespero. Nada acude a lo que nombran mis ecuaciones; me alimentan un desaliento de barco hundido y una forma torpe de decir las cosas: la gracia de un buque de guerra para pedir amor al prójimo.

La verdad acude a la distancia; una mirada de insecto, un vivir desde abajo, una complacencia en los rincones. Mi torpeza se parece a la torpeza de un gato que no cabe en la cornisa de una ventana: el mundo es grande, pero su equilibrio tiende a lo precario. Mi torpeza invade primeras planas de periódico, gana premios y doctorados, se le cita a juicio, se le obliga a explicarse.

Habrá luego un memorial de torpezas, me digo; un relato del naufragio. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo no temer la pérdida de una interrupción como la tuya? ¿Cómo no temer el soslayo de tu oído? ¿Cómo no acudir a una tormenta de explicaciones, cómo no resumirlas en un silencio perplejo, de aparador, de faro de luz?

Soy un Robinson a la orilla de lo que tú resguardas. Todo se conjura en mi contra.

Salvo el abrazo de tu vista distante.


14
Oct 09

Interpelación a cierta carga de pesimismo

Para La Maga, la dama, Vero y otras como ellas; en su arte inacabado de hacer la mejor y la peor de las políticas.

La calle nunca se pierde. La calle la llevamos con nosotros; no es nuestra: somos nosotros, inicia en nuestros pies y se prolonga en otros tan confusos. La calle no es territorio que se pueda perder: es una extensión de otros que caminan. La política no se pierde; la política se nos escurre de la comisura de los labios, es imposible NO hacer política: hacen política los que se enojan con el árbitro en un partido de fútbol, los que barren las banquetas, los que arreglan las chapas de las puertas, los que jalan un carrito de basura, los que pulen el auto a falta de horizontes más inesperados; tanta o más que los que aparentan ideologías, discursos o anarquismos para no hacer nada o para sólo hacerlo a gritos, a golpes de panfleto, a trazo de discurso, a fuerza de convencimiento abstracto. Para hacerlo sin hacer. Hacer de payaso es hacer política; dar masajes es tener ideología. Tanta o más que los que reducen el futuro a liderazgos, como si dependiera de hombres el futuro. Tanta o más que la que hacen los que le ponen apellido a los sueños. El insomnio también es política; tomar tranquilizantes es tomar partido. Hacen política la feminista y la que le calienta la comida al policía; tanta como la mujer que se masturba o la que se entristece por sistema. Hacer pan es hacer política; andar en bicicleta es hacer política. Tanta o más que la que hacen los magistrados, los secretarios de estado, los militantes de partidos que abanderan despojos, los diputados de levita, los burócratas tristes, las secretarias que luego de parir dictámenes no saben qué hacer de cenar cuando pasan por el oxo. Pasear al perro es hacer política, tanta como ir a votar y luego sentarse a esperar que llueva en consecuencia. Blandir la espada es hacer política, vibrar como el suelo inmóvil es hacerla; hacen política el cartero extraviado, la estudiante sin mancha de la universidad privada y el senador moribundo de hastío. Hacen politica las radios, los hornos, las filigranas y los puestos de periódicos. La indiferencia es política y el orgasmo es tan determinante como un micrófono, un templete y una masa informe levantando el puño. Es política un verso desgarrado, una canción popular o un verso de poeta latinoamericanista. Es tan político el que sabe como el que ignora, el que denuncia como el que justifica, el que apaga fuegos como el incendiario. Salir a perderse de borracho es hacer la revolución; cantar la internacional es igual que meterte a un bar de karaoke: en ambas la palabra es una pregunta, un mar de posibilidades, una tormenta de hombres y mujeres.

La alquimia está en preguntarse qué política se quiere hacer. O no preguntárselo en absoluto.


4
Oct 09

Stella

Para Stella Cross*, ahora que la encontré y me la quedo.

No era predestinada ni por equívoco. No era tersura ni agua de lluvia ni la estructura distante de una avenida. No era salida fácil ni caricia al paso, ni madre ni padre ni obnubilación ni poderío.  Su rostro cruzado de tiempo; su distracción de anciana, como quien recuenta las horas en relojes de torres y manecillas sombrías. Se cruzaba aire en las manos, vibrante y sin procedencia, con gestos de dedos largos, con urgencia indemostrable. Se apoyaba casualmente en albedríos; barco hundido de puro presagio, esfinge de calle comida a besos. No se trastocaba en ella ruta alguna, salvo la que invocando la barbarie la dejara sola y sin estrellas de por medio. No tenía palabras, salvo el virtual silencio de sus años. Acacia y linyera, dejaba que su voz dijera para ti un atavío de manos, una distracción de astrolabio.

Podía invocarla como a un edificio de mareas. Podía desdeñarle un lance de azucenas desde la caída de mis párpados o desde la otra orilla de una línea. Podía llorarla en un almohadón de colisiones, al punto de inundar su pecho ingobernable. Podía arrancarle carcajadas y hasta un asomo de coherencia, cuando el abrazo torpe de mi mano la movía hacia la noche.

Podía infringir la nube; de sus manos surgía el dominio de todo lo que vuela.

Podía invocarla, como a una madre de tormentas.

Un velo en mis ojos, Stella. Un error de espíritus.


Stella Cross y yo en el Hospital Borda

Stella Cross y yo en el Hospital Borda

* Stella Cross (¿?-2006), fue locutora de LT22, Radio La Colifata. Amiga entrañable, consejera implacable, cuidadora lejana de la bestia que suelo ser. Nos conocimos físicamente durante la primera visita que hice a Buenos Aires, en el año 2000, en el Hospital Borda, aunque ya antes nos comunicábamos de distintas maneras. Mantuvimos correspondencia y contacto virtual hasta poco antes de su muerte. Solía vivir en la indigencia y, hasta donde entiendo, murió allí. Su memoria me es tan cara como definitoria. Hace un mes visité su tumba en Buenos Aires para presentarle mis respetos -gracias a la buena onda de su hijo Eduardo Codina-; ahora, se los presento aquí. Gracias, Stella, por todo. La tuya es la clase de memoria que, al menos a mí, me interesa conservar para el mundo.


17
Jun 09

Privado

Se me ha privado de la orilla de un acantilado, se me priva de la sombra de un puerto. En privado, se me acusa de ahuyentar el frío con afán de camisola, de ahuyentar las moscas con dedicación de helipuerto, de ahuyentar el miedo y las piedras de los ríos con sólo agitar la mano con denuedo e inconsecuencia.

Me entrega a mi enemigo un insoslayable impulso de tremor, de anatomista. Distingo, al salir al clamor de la calle, el desconcierto de las taparroscas, la animosa comparsa de las teclas de computadora, la chillona esperanza de las tuercas de una bicicleta con pan. Adivino en mí a cada paso lo que ignoro.

Se me ha privado del amor, se me priva de la sustancia; tengo un conocimiento vertiginoso. A la par de un ritual de costilla, se me anuncia un ritual de paradigma y extremaunción. Se me ha vivido para responder oraciones de muerte, se me priva de un albor de naciones.

Nada queda de un litoral de rodillas. Nada de la circunvolución inacabada de un partido de fútbol. Nada de los óleos ni de los cauces ni de los puertos. Quebrada en su llanto, una marea de latas de conserva se lleva en su manto la exigua luz de un sótano a hurtadillas.

¿Libre? Nadie. Oferta de aluvión el tejido de estas sábanas, la ternura de estas noches, el tacto inocuo de una botella de genio y 3 deseos; validada a cambio de sexo y plusvalía. Todo tiene hoy plusvalía: incluso el rechinar de una puerta, cuando sus goznes tienden a ser exquisitos, perfectos o color malva. Todo tiene hoy plusvalía: incluso la caída de la bolsa cuando tiene cadencia de sonata, incluso las crisis financieras cuando caen de una nube, incluso el pedal de una bicicleta con pan.

Privado, oscuro, público y distante. No queda nadie en libertad.


17
Abr 09

Ir

Tengo que partir en virtud de mis errores. No hay acierto que me defina, ni pausa que no me busque como a un padre o a un cuchillo. Todo lo que mato en mí florece de pasado, de puertas abiertas, de un sin fín de postraciones. No acierto ninguna; la virtud de mi yerro es que es universal como un paraguas. Me equivoco incluso cuando acierto, me harto en la carencia, me evoco en la ignorancia, me amo cuando aprendo a odiarme, me bajo del camión sin llegar a puerto, llego cuando vuelvo sobre mis pasos. Mi humanidad me ahoga. No tengo virtud, ni memoria, ni desgarre.

Mis manos, aristas de niebla, se vacían de caricias, de tacto, de premura, de subir y bajar del metro como una adolescente loca. Acude a la distancia el horror de una banqueta: no hablo de mí, hablo de todos los que no soy.

Mis ojos, aristas de niebla, fracasan en su intento de abarcar, de cerrar, de arribar, de marchar como la ubre de un burócrata. Acude horizontal mi fracaso de palabra, la triste verdad de mis huesos rotos: no hablo de mí, hablo de todos.

Sigo siendo un error en la vida de cualquiera.


18
Feb 09

Anuncio

Vivo de humor de muerte. De a capella, de violoncello, de pizzicato. La esencia se derriba como nube de fibra óptica, como lluvia antagonista. Yo no pido a Dios; pido a Tiempo, a Diablo, a Máquina, acaso. Quien sea que mire mi ritmo arribará a la conclusión de que no se de baile, ni de arribo, ni de gentileza. La voz se me hace rizo, la piel se me evapora, el oído se me ciega. El cabello me piensa, la rodilla me presta voz y silencios. La mente me encoge; no en mí, sino en la presencia de la idea. Pido a Dios que se vaya, si vino alguna vez.

Aviso de mi muerte con la antelación de una monja que toma los votos por no casarse con un hombre que desprecia. Aviso de mi antes para que nadie me recrimine ningún después imaginario, anticipado, de prefigura. Líquido y ligero, aviso de mí mismo la deserción, la fragata, la cantidad de mares. Soy inefable, como la serpiente.

En virtud de todo esto, me anuncio. Salto como un niño.


22
Ene 09

La ecuación de ciertos días

Mi influencia es mínima, falible, desertora. Acude a deshoras, hace listas de compras, mueve de soslayo las cortinas. Mi influencia es como la de una ventana de rascacielos; uno nunca la mira dos veces, a menos de que algo tras la ventana intervenga de improviso: la desnudez que no depende de ella, la violencia de una pelea entre enemigos, una llamada de queja que obliga a saturar el cuadro, una mujer que agita su falda para deshacerse de las migas. No reta a la muerte ni destina su tiempo a la vida. Tampoco se entrega a la seguridad de estar en el mundo, ni fabrica su presencia. Es talco en la sábana, carmín en un pañuelo, polvo acumulado en una esquina, grano de arena en la suela de un zapato que ya no se usa. Un tacón roto.

Numeral, mi influencia descarga su furor matemático en lo que asume como carencia. Imagino a veces que su cabeza mira al sur, asumiendo un compromiso con la rosa de los vientos. Imagino a veces que su impulso derriba al aire en fricciones, que recorre la tierra en cálculo, que suma y resta días nublados y ropa sucia. Vibra en ecuaciones que derivan en su compresión de rostros, principios, escamas, peinados, herrajes, calendarios en escritorios de secretarias, puertas que faltan y teléfonos que sobran.

Influyen los trenes, se dice, que acaban por pasar de lejos y sin criterio ni convicción.

Influyen las aeromozas, los diques, las raíces, los barcos de guerra y los cupones de descuento, que acaban por decir en sus palabras y en sus destinos más sobre mí que la historia o que el sistema de limpia o que el drenaje municipal o que la memoria de mi madre o que la destreza astronómica de un mozo de cuadra.

Influyen los tornillos, se dice, que siempre terminan dando vueltas, que toman para si la firmeza, que contienen universos.

Quiebro de nervios el día roto de antemano, vacío de significado el sonido amargo de teclas, conexiones, crisis financieras. Asumo con desidia que la historia tiende a prescindir de mí. Cuento pétalos como una hoja de afeitar enamorada. Cavilo, me presento; influyo. Destino mi energía a inventar cuentas de correo electrónico. Mi ternura dota de caricias a los pasamanos de una escalera eléctrica. Amo una astilla en la madera. Influyo.

Mi influencia es mínima, como la de los muslos de una contadora.


10
Dic 08

Pasar hambre

Pasar hambre, como pasar un tren por la vereda. Hambre como bagatela, como rock clásico, como apelación en un juzgado. Cuento las costillas que se dejan ver, las comidas que me omito, el aliento que comienza a oler a nada con una pisca de muerte. Cuento como si contaran las llamadas a misa, las variables en una ecuación venidera, los entretelones. Cuento los billetes que nadie perdió, los que no me encuentro al caminar de cabeza baja y derrota por hambre. Cuento los pozos envenenados en las guerras, las cosechas quemadas, la delicia de hacer pasar hambre a otros que no son. Contar a cuento, vibrar a bandera abatida. Financiar mi recaudo se hace imposible al pasar el hambre como arteria sexy por mi puerta. Y me cuentan que así es todo, imposible, los que pasan hambre como pasan el trago para pasar la noche u otra cosa que de juicio se ausente. Todo lo que hay que pasar para pasar un hambre como estadía.

Pasar hambre es una ciencia, la más precisa en todo caso. Pasa por la mente enfebrecida, pasa por las manos frías de escasez, arrebatadas de un quebranto tan mundano; pasa por la tele como novela de quinta, ínfima relación entre los astros y un plato vacío. Pasa como interferencia, como transferencia bancaria, como susto de fantasmas en pleno día. Pasa hambre y pasa todo, nada se mueve, nada lo evita. Pasa hambre y pasa el presidente en un carro alegórico con viandas de muerte. Pasa hambre y pasa la renta postergada como ventana que se tapia, las deudas como flores ataviadas, el calambre marchito en una pierna como recordatorio de imperios que se caen. Contar las horas como el llanto de gatos con hambre, como el coraje de un sepulturero con hambre, como el hambre del hambre misma que se hace visible en el rincón oscuro de un cine porno. Acaba el juego y pasa el hambre, árbitro de los que cuentan y los que no.

Pasar hambre, como pasar a ser omisión o cenicienta. Y de pronto todo es juicio de uno mismo, abrasión en la piel y la memoria, desgaste inoportuno del apetito como materia de estudio, fiebre en cada bachiller que muere en una novela de Sartre. Todo pasa a ser, si ser es posible; materialización, personificación, todo pasa a ser.

Astuto, el tacto se aleja. Y darse un tiro comienza a ser una forma de nutrirse la cabeza.

Nota: la foto que adorna esta queja se debe al talento inconmensurable de Jan Saudek, uno de mis fotógrafos favoritos.


28
Feb 08

Caminando en círculos

Podríamos decir que no nos sabe el café y que la caminada está diseñada para cansarnos. Asumo que las distancias entre nuestros cuerpos cuando caminamos (ella adelante o atrás o, en el mejor de los casos, adelantándose o atrasándose, según) están basadas en la órbita de mi bastón, chueco y jodido y notoriamente más rápido que yo. Siento cómo vibra cada imperfección del piso bajo mi pie izquierdo, mientras el derecho vaga sin rumbo, muy seguro de sí mismo, asumiendo que le puede arrancar un camino al viejo sancris. Mi pie derecho es un hacha enamorada de un árbol caído.

De pronto y cada cierto tiempo, las paredes nos gritan ¡qué viva la revolución!

De pronto y cada cierto tiempo, ella voltea y me pregunta ¿estás bien?

De pronto y cada cierto tiempo, una niña nos asalta para intentar vendernos lo imposible.

Notoriamente opuesto al bardo, mi cuerpo se empecina en seguirla y mi memoria le cuenta lo que sé de nada, de apenas unos rincones y su historia más bien reciente; cuando caían cadáveres de hombres, cuando se hacían esqueletos de mujeres, cuando venían los meros comandantes a decir que tal o cual cosa y que si iban o venían. Ella me escucha entre fascinada y vidente, con esa cualidad suya que tiene de ver con los ojos lo que escucha con las orejas; y la adivino escuchando, más que viendo, todo lo que le cuenta mi memoria. Luego se estira y se compra un muñeco de lazo, una falda de rojo y un anillo de cobre que perderá en dos días.

Tenemos que pararnos de pronto y cada cierto tiempo: yo me quedo viendo al cielo con desconsuelo y ella no termina de sentirse bien. El cuerpo nos cobra nuestros descuidos: el amorío de una bicicleta y la memoria de un año de viaje.

Se nota notoriamente que nada le da lo mismo, que todo le da igual, que nada de eso se contradice y que es por eso que aprende a seguirme el paso.

Se nota notoriamente que a ella le parece que todo aquí acaba siendo un taco. Que las salsas para turistas no pican, que Chiapas se sigue cayendo a pedazos como las ciento cincuenta veces que vine antes y que cuando se viene la noche hay que ir a dormir en un cuarto de hotel que nada le pide a una sala de tortura. Las luces de un bar no alcanzan para ligarse a nadie y nos vamos deseando otros cuerpos en nuestra cama, pero sabiéndonos más que suficientes, vastos.

Se nota notoriamente que los ojos se le enturbian cuando está harta de mí, aunque me insista en que nunca le pasa. Entonces los pies a mí se me hacen ojos, se me enturbian, se me entregan al dolor. Se me derraman en lágrimas y puedo finalmente caminar como los ríos mandan.

Y le lloro diciéndole que no puedo seguirle el paso. Escudada en mi altar de sombra, en un destino de café de grano, mi lentitud se siente niña, niña en sus brazos. Como esos niños mugrosos a los que se arrastra en medio del berrinche y el desconsuelo y que flotan como ángeles en medio de su cansancio rebelde. Ya no quiero caminar. Caminar es un trabajo de ángeles con dos piernas.

Ella me pide que duerma en el hueco de su cadera.

Y lo arregla todo diciéndome que siempre caminamos en círculos. Que somos inmensos, en la multitud de pasos que damos juntos.