24-Hands-Bracelet

Joyería de la Carnicería de Barbies.
Margaux Lange

Esta pieza es simplemente encantadora y resume una idea que me ha dado vueltas durante mucho tiempo en la cabeza. He tenido siempre la proclividad a pensar que la barbie, más allá de la crítica cultural y social que pueda hacerse de ella (desde antípodas como el feminismo y la religión católica), representa sin duda uno de los iconos sádicos más aceptados y bien recibidos de la historia de la humanidad. El fetichismo sexual de barbie —y sus respuestas pensadas para mercados más jóvenes, como las muñecas bratz, etc— es simplemente el fetiche más singularmente claro de toda la humanidad, la muñeca-objeto-sexual que se compra no para el disfrute de las niñas, sino para el deleite de los padres de las niñas. Sus gestualidades y sus artilugios rayan sin duda en la putería más acabada, que además tiene el encanto de ser una putería “aceptable” como modelo para las niñas del mundo. Estos iconos pasan, por supuesto, por su cuota infame de frivolidad y eso las convierte en una perversión aún más deliciosa: carecen por completo de sentimientos o de ideas propias, son “chicas materiales” más huecas que madonna, son perfectamente utilizables y desechables, nadie se alarma cuando yacen inertes y desnudas en la sala de cualquier hogar de clase media, se erigen como la última “muñeca inflable” de la gran sex shop en la que se ha convertido el mundo. Uno puede encontrar una cabeza de barbie tirada en el piso y pasar perfectamente indiferente ante ella, tal vez pensando “ese era su destino”. Recordemos que la cabeza arrancada de un osito de peluche todavía hoy enternece.

El rabioso maquillaje de las muñecas bratz —que son las que vinieron a coronar, como cereza en el pastel, el concepto de “muñecas para papá” y que juegan además con un elemento pedófilo la mar de siniestro— es la perfecta manifestación de un afán de perversión totalitario por su afanoso fundamento en la gracia de la doble moral: papi puede mirarle las tetas y el culo a la muñequita —la putilla de antro que además es íntima amiga de alguien de su familia— mientras su hija la sostiene y desnuda parsimoniosamente, tratando de averiguar si ese pedazo obtuso de plástico tiene algo más interesante qué ofrecerle.

Si no sabes dónde acabó tu muñeca, búscala en la cajuela del auto de tu padre.

* Ed Gein, conocido como el carnicero de Plainfield, es probablemente uno de los asesinos seriales más infames de la larga tradición norteamericana. Sus crímenes no sólo incluyeron el asesinato y la mutilación, sino que Gein se constituyó en un verdadero artesano macabro, fabricando muebles, prendas de vestir y hasta instrumentos de cocina con los restos mortales de sus víctimas.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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