Derrotado, estaba vivo. Acuñado en sí
como una moneda de barro. Acuñado en sí
tendiendo al mismo río, a la misma orilla
frigio como gorro y revuelta, salivando
bajo fondo de la palabra y el estruendo
casi vivo en fulgores. Artillero de tablas
en un barco que nació hundido, en el fondo
estable de un mar de inquina y no decir.
Rabia en espera, decidido, febril disparo
fanático en tiempo de fe retráctil, disparo
del lado del momo, del flato, de tripa
arte nuevo desde el culo, abrigando un sin
sentido de los huesos, voz y calavera
hollín del incendio. Arma sin calibre
vista doble de un ciego, sus manos abrazaban
abrasaban de luna la ausencia de estas nubes.
Tiene un nombre en mí, un hombre en nadie
un barco, una vagina, una guerra por decir
y una paz que no se nombra. Biógrafo
del infierno, cineasta de Dios y olvido.
Amante del protector de dientes y la sábana
la convulsión de la sala de terapia y el foco
que se eleva y parpadea. Despótico, camina de lado
donde no hay espacio, y se queja, y se abre. Vence.
Claro vencedor, se derrota. Derrotado
estaba vivo.

Ayer me puse a pensar en Artaud. Lo hago cada tanto: pensar en alguien como él es como pensar en una oscuridad y evocarla con la mente para materializarla en ese espacio vacío que queda siempre entre nuestras manos y nuestro corazón (¿cómo?, ¿nunca habían notado que hay un espacio siempre vacío entre nuestras manos y nuestro corazón?). Pensar en Artaud es para nada práctico; es inútil, vacío y por eso entrañable. Me imagino que los creyentes de cualquier religión sufren un proceso parecido; con la salvedad de que pensar en Artaud corre un riesgo ínfimo de llevarnos de la mano, como idea, a la imbecilidad. Aunque los he visto, que conste. Como sea, pienso en Antonin Artaud y me lo imagino siempre como el Marat del “Napoleón” de Abel Gance. Jean-Paul Marat, el loco, el asesino, el revolucionario, el radical, el del pueblo, el cristo que masacra. Artaud, lo mismo. Uno el eco del otro; ambos muriendo de una puñalada en la bañera, sin revolución, despojados del todo. Y Artaud, un puente entre él mismo y el otro. Artaud, siempre un puente, siempre fibroso. Artaud, mirando al cielo, con la toalla en la cabeza. Artaud, el Momo, vivo.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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