Relájate, dijo él, prendiendo fuego; necesito alguna información.
¿Qué clase de información?, preguntó ella, como si en verdad ignorara
que el amor se hace de informar mutuamente al enemigo,
y deslizó su vestido carmesí por encima de su cabeza
dejando expuestos sus senos pálidos y helados, como de muerta,
atrapados en el sujetador sucio de días y embriaguez.
Él recordaba muertos, y ella parecía una de ellos.
Como si los muertos fueran una familia, y ella les perteneciera.
Como si la muerte pudiera ser un estigma y pudiera ser joven, como ella.
Tal vez debamos salir fuera, a buscar la calle; algo qué comer, dijo él
y paseó la punta de su cigarrillo encendido por entre sus barbas.
Yo no como, dijo ella, y se señaló las costillas que, desafiantes
como los custodios de su corazón, se asomaban bajo sus senos.
¡Crick!, sonaban las barbas al ser quemadas por el cigarrillo.
Bueno, continuó ella, ¿porqué no salir un rato?, podríamos encontrar
algo, algo en una banqueta, algo en una ventana, algo en la barra del bar.
No comes pero sí bebes, afirmó él, como reprochando…
y la miró meterse de nueva cuenta en el vestido, como si su desnudez
anterior hubiera sido una promesa incumplida; la promesa del placer,
que era por la que ambos habían llegado tan lejos.
Y salieron del cuarto -uno de hotel, o uno en un viejo edificio de apartamentos
apolillados, con olor a orina de gatos blancos y a cocina de abuela muerta,
o uno en los parajes sin sospecha de la ciudad vejada de odio y años-
tomados de la mano, como dos niños que temen perderse
pero que a la vez, en su ignorancia, ya están perdidos.
La banqueta, insigne compañera de andanzas y vendimias,
recibía sus pasos con la paciencia del que se sabe destinado fatalmente
a recibirlos; avanzaban con el rumbo sabido de antemano, hacia un bar
que era todos los bares en su vida. Todas las tristezas en su vida.
Bienvenidos, dijo el cantinero, que nunca los había visto venir.
Vodka y tonic, pidió él, con el mal sabor de boca metido en el centro
de los huesos. Tequila, pidió ella, y le sonrió al hombre detrás de la barra.
Él nunca se daba cuenta de las sonrisas, esas tenues aves perdidas
que rebotaban en el fondo de espejos de su inusual negocio de nostalgia.
Parecía que aquella noche nadie quería verlos.
Nadie quería retribuirles el amor que mutuamente se negaban.
Porque el amor es anónimo cuando se convierte.
Porque el amor es anónimo cuando apenas es promesa.
Porque el amor es anónimo cuando se calla y cuando se proclama a gritos.
Ahora decide qué haremos con estos dos, viejo voyeur que miras.
Recuerda que están metidos en la barra del bar, Vodka y Tequila que se mezclan.
Recuerda que tal vez necesiten un final y un nombre para poner en su tumba compartida…
Porque alguien les convenció de que se aman, y querrán llegar hasta la tumba.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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