Amman se muestra tranquila, con esa tensa calma prefigurada que todo occidental vive en los países árabes. El viento es como un velo que se mece frente a un viento que no tiene a nadie que lo refiera, o que lo calme, o que lo añore. Sus colores son grises pero tienen cierto aire de encendidos, como una anciana que de pronto se sonrojara ante las puterías de su historia.

Tomo un jugo de naranja con zanahoria y el hombre que me sirve me dice con una sonrisa que gracias se dice “shukran” en árabe. Entonces le digo que gracias en su lengua, y me retiro calle arriba con muchos siglos de historia a cuestas. No puedo hacerme responsable ni de mi propia historia. Las sonrisas son batallas ganadas de antemano en la infame historia de las personas.


Amman calla y se envanece. No tiene pudor pero aún así no te abre las piernas fácilmente. Su frente se muestra altiva y perfumada, como si aún en pleno invierno pudiera llamarse estival a si misma. (Digresión necesaria: una mujer musulmana se acerca a mí y me pide una entrevista. Le digo que encantado y le extiendo la mano; ella se retira aterrada y me dice “no, no, por favor. No se ofenda, pero no puedo tocarlo”. Y bueno, pienso que es la primera vez que una mujer me expresa de una manera tan clara su rechazo. Hubiera preferido que empezaran antes). Amman parece querer definirse en inacción, en negar el paso del tiempo. Pero sus labios rotos la traicionan. Su afán de concreto es inacabable, como el de cualquier otra ciudad. Largo es su aliento y tiene olor a desierto y mar muerto.

Los he descubierto. Con su belleza, Jordania mató al mar.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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