Jagged Little Pill, Alanis Morrisette, Maverick Records, 1995

Si que era ella una chica con suerte,
logró rentar su vida y su muerte…
Rockdrigo.

Estoy fascinada por el hombre espiritual,
me siento humillada por su humilde naturaleza.
A. Morissette.

Cuando, en 1993, apareció en el mercado norteamericano el L.P. debut de Liz Phair, con canciones como “Flower”, en la que esta niña güerita y gringa hasta decir basta decía cosas como “Quiero ser tu reina de la mamada” o “Me dijo que le gustaba hacerlo de espaldas/Yo le dije que por mí estaba bien/Así podríamos joder y ver la TV al mismo tiempo”, la crítica alternativa, en revistas como Spin o Rolling Stone, pusieron el grito en el cielo, extrañamente, para alabarla. Estábamos en el punto álgido de la supuesta revolución artística de la generación X, y Phair ofrecía posturas sexualmente contemporáneas y que los jóvenes, en especial los varones, deseábamos fervientemente que fueran válidas. Liz Phair prometía ser la vanguardia de una generación de jovencitas que no tendrían ningún reparo en gritar sus fuegos uterales, y a todos nos pareció muy, pero muy bien. Algún crítico dijo de ella, como halagándola: “escribe canciones acerca de los chavos que se la cogen y de cuán rápido se la cogen”.

En 1993, Alanis Morissette tenía también su tinglado muy bien puesto, pero en una dirección completamente diferente a la de Phair y, en general, a la de la generación X. En Canadá, Morissette era una cantante estándar con canciones de cuatro frases y un coro; el tipo de artista que no tendría problemas en entrar y salir de Siempre en Domingo como juan por su casa. Un día —e ignoro porqué ocurrió esto; no soy psicoanalista ni me sé su biografía—, cuando se le pasó el cliché adolescente, supongo, dejó todo su teatro abandonado y se fue a algún lugar a escribir canciones, y estas comenzaron a alejarse de las que usualmente interpretaba para sacarle dinero a la gente y “hacerlas olvidar”, que es el pretexto de todos los malos escritores de rolas y que incluso llegó a ser el suyo; sus rolas comenzaron a hablar, inevitablemente, de ella, una chica católica canadiense que vivía con sus padres, tenía su novio santo y todo el cuento. Muchos de los que la conocían esperaron una evolución hacia Liz Phair, esperaron que Morissette tomara el estandarte de cinismo sexual de las damas alternativas de su generación. Jagged Little Pill, su disco debut en esta nueva etapa “honesta”, fue inesperadamente contra la corriente, desafiando los preceptos de esa generación, que es la suya, y que ha dejado de ser adolescente y, en la mayoría de los casos norteamericanos, subterránea.

Alanis Morissette llegó en 1995 con su cargamento de rolas que hablaban de otra generación X, al menos en lo que a las mujeres y su sexualidad se refiere. Mujeres, como ella, que están intentando librarse de la cultura atávica de la decencia pero que niegan ferozmente que sea únicamente en ese terreno en el que tengan que pelear su guerra. Alanis y las que piensan como ella saben o intuyen que todas las revoluciones sexuales las han dejado muy mal paradas o, para ser exactos, las han dejado paradas precisamente en medio. A los varones nos es muy cómodo pensar que Liz Phair tiene toda la razón, pero esa tía está más cerca del pensamiento automático de una estrella porno que de una mujer normal de nuestra generación. Y llega Alanis y, de entrada, nos dice que “Todo lo que necesito es una relación intelectual/Un alma para hacer el hoyo mucho más profundo”. ¡Sorpresa!; esta chava viene a traernos la noticia de que nuestras putas tribales todavía quieren “relacionarse” —signifique eso lo que signifique— con los hombres, todavía quieren respeto y atención y no sólo el colchonazo que proclamaba Phair. Evidentemente para muchos la noticia era mala y comenzaron los ataques. Se dijo que Morissette no era más que un producto vulgar de la cultura del MTV y los Grammys —de los cuales se llevó como cinco la última vez— y que no valía la pena ponerle mucha atención. Pero, si se pone un poco de interés y se intenta ver más allá de los videos o la rotación masiva de sencillos, la chava sobrepasa por mucho este diagnóstico.

Claramente amenazante, la postura de Morissette con respecto al sexo se vuelve sombría cuando acepta que a ella también le gusta el sexo oral pero que a veces no puede con la carga de culpa: “¿Es ella pervertida como yo?/ ¿Te la mamaría ella en plena función de teatro?”; por otro lado, no se muestra muy dispuesta a aceptar el engaño y el abandono con esa indiferencia posmoderna que a nosotros nos gustaría: “Fue una bofetada lo rápido que me remplazaste/ ¿Piensas en mí cuando te la estás cogiendo?”, le dice a su engañador don juanesco mientras le avienta el spaghetti que estaba cenando. Alanis se ha dado el lujo de pensar después de haber sido una mujer más bien comodina y autocomplaciente, y los hombres, incluso nosotros los posmodernos, nos sentimos amenazados. Sus letras son poéticas sólo un poco, pero certeras en sus mensajes; cuando los hombres le hartan, por ejemplo, dice claramente: “Me tomas por una broma/Me tomas por una niña/Sólo sabes mirarme largamente el culo…/Luego buscas tu nombre en los agradecimientos/Y te preguntas porqué no estará”.

La música no es nada del otro mundo, una mezcla bastante afortunada de folk-rock con ritmos pop conocidos por todos, que tiene sus puntos de grandilocuencia en rolas como You Oughta Know, en la que tocan el palomazo Dave Navarro y Flea, ambos de Red Hot Chili Peppers, o en Hand In My Pocket, cuya sencillez recuerda a un Bob Dylan en sus mejores tiempos. Esta canción, además, junto a You Learn y Ironic, son, según su servilleta, las más trabajadas poéticamente. Hand… es toda una declaración de principios, una visión despiadada de un mundo en el cual la indolencia comienza a ser aplaudida como una cualidad: “…Estoy verde pero soy sabia/Soy mamona pero amigable/Estoy triste pero me río/Soy valiente pero soy una mierda cobarde…/Y de lo que me doy cuenta/Es de que no he resuelto nada aún”.

Alanis vino a decirnos, a los ahora ya no tan jóvenes miembros de la generación de fin de siglo, que las mujeres están calientes, pero no sólo de la entrepierna; vino a subrayar el mensaje que Patti Smith, las Runaways, Suzanne Vega, Victoria Williams e incluso Tori Amos venían dando desde hace años. Las mujeres en el rock son,en ocasiones, las que más lejos llevan el pensamiento, en especial con respecto a sí mismas. Si no, que le pregunten aquí a Rita Guerrero o a Adriana Díaz Enciso.

Tal vez no sería mala idea que todas las chatas tuvieran un concepto del sexo parecido al de Liz Phair; pero ojalá lo tuvieran después de un proceso de autoconocimiento como el que llevan a cabo las mujeres que mencioné antes. Eso lo haría mucho más interesante.

Es probable, mucho, que el próximo disco de Alanis Morissette sea un retroceso, o tal vez me equivoque y avance en esa dirección profunda y excitante en la que avanzó en este primer intento; pero tanto da. Jagged Little Pill es un disco interesante y definitivo por el simple hecho de que no está pensado para complacer a nuestra mente y nuestra libido generacionales, sino que las desafía desde dentro.

Por cierto, ¿hay algo, realmente algo, que no sea ya explotable como producto por el MTV? Morissette ha salido en la eres, pero en el mismo número salen Metallica y Henri Rollins. Sólo Dios sabe.

1997
Publicada originalmente en el número del fanzine Yet Len Niis.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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