Amo las cicatrices; las mías en particular, pero las de cualquiera me vienen bien. En todo caso, las cicatrices cumplen con todos los requisitos de lo único: tienden a lo imprescindible, su ubicación tiene el capricho del azar, caminan –es decir, no se conforman–, tienden a la reducción –es decir, a la modestia– pero también a la perpetuidad –es decir, al testimonio. La presencia de las cicatrices es avasalladora: delata, afirma, conspira. Adendum de nosotros, las cicatrices nos trascienden. Y, a veces, nos eluden.






