La corteza se le cae sin ninguna premura. Su aspecto es desolador como es desoladora la sequía, la falta total de intención. Otro árbol lo invade y él lo deja hacer, indolente. Un bombero pasa junto a mí -improbable como sólo puede ser un bombero que pasa junto a ti, y que además te habla como si tal cosa- y me dice “cuidado, que ahí dentro hay un avispero”. No sé qué decir ante un árbol con tan malas referencias; yo sólo miro un árbol que, obtuso e inútil y devastado y ocupado y pretencioso, quiere arañar al cielo.






