La Maga, con afán de taxidermista, deseca hojas que caen. Su clasificación imposible no lo es para ella; su paciencia no viene de ninguna certeza, sino del hecho incontrovertible de que el orden le importa un comino, la ciencia la evade y el significado último le flota alrededor como nube de estos días nublados. La miro revisar, ordenar como para un concierto de venas, los resultados de este arte mínimo: mi mente me dicta brebajes, recetas, un conjuro. Las guarda con recelo en una cajita de computadora, y las deja estar.






