
Tal vez encuentres terrible y grotesco lo que voy a decir. Para hablar con la verdad, yo también lo encuentro así: injustificable. Pero en realidad deseaba que se muriera. Todo mi ser, cada parte de mi entendimiento, cada segundo de insomnio a las cuatro de la mañana deseaban que se muriera de una puta vez. No puedo decir que no me conmoviera; precisamente era esa conmoción, esa sensación de frágil entendimiento que me unía con él, lo que hacía que le deseara intensamente la muerte. Además, no era difícil desearle la muerte cuando lo único que el hombre lograba articular en palabras era precisamente su deseo de morir. Y a veces ese fragor de batalla que le surgía de la boca cuando llamaba a “Elena”. Pero eso era más bien raro; todos asumíamos que Elena era una especie de alucinación, un recurso cinematográfico de su mente adolorida. Elena podía muy bien ser la muerte, personificada en un nombre al azar; “Elena, ¿porqué me dejas aquí?”, decía. Luego tosía con infinito dolor, y repetía su cantinela: “mátenme ya; ¿por qué no me matan?”.
Eso mismo nos preguntábamos los que lo escuchábamos a lo lejos.
Nos separaban de él más de 20 metros, o así. Estaba nuestra sala, destinada a los que habíamos corrido con la suerte de sólo fracturarnos un hueso, o dos, o diez. La otra, veinte metros más allá, pasillo de pormedio, albergaba a los menos afortunados: los que sabían que algo faltaba. La sala de lo que se extraña, la comencé a llamar. La sala de los amputados.














