El demonio está metido en un rincón del prostíbulo
Una pequeña maleta de viaje
Sus huevos rebotan bajo sus pantalones **
Sus dedos juguetean con el liguero de la pequeña martina, josefa, josefina,
La fina mujer que le da hogar y veneno
¡Cuánto quisiera el demonio verla muerta en un cuarto de azotea
En un vaso de tequila, en un caldeo de hombres gays del mercado viejo!
Verla muerta en el reflejo sangriento del metro
Un ángel acuchillado en el animoso garibaldi ***
Mujeres buscan al demonio luego de bailar en la iglesia de santos y de muertos
Algunas parecen tristes; martina, josefa, josefina,
Esos fantasmas taloneados por el tiempo
Pero el demonio las estima con su amor padrote
Sus huevos son grandes y rebotan.
¡Ellos saben quiénes somos! Grita alguien desde un portal oscuro,
oculto en la sombra prolongada de la tarde.
¡Ellos saben quiénes somos! Gritan los polis mientras entierran lentamente
Cadáveres que les son desconocidos y remotos.
Y el demonio se sonríe en su rincón
Junto a él muere un tequila desahuciado
Él sabe quiénes son todos y sin embargo
al no saberlo los ignora; son desconocidos
Las putas bailan sobre incendios ajenos
Cuando enseñan el coño escurren tedio y cenizas.
¡Ellos saben quiénes somos!, gritan
¡Ellos saben que el demonio somos todos!
* Hoy estaba pensando en esta canción. Hace muchísimos años la escribimos mi compadre Isauro Cruz y yo. Nunca la grabamos, salvo esta ruda versión en vivo. Me viene a la memoria como añoranza, pero también como requiem por mí mismo.
** Huevos: testículos, en México y otros alrededores.
*** Garibaldi: populosa plaza en el centro de la Ciudad de México, conocida por ser el centro de operación de sendas orquestas de mariachis y de una fuerte actividad prostibularia.

Salvaje. Como un tímpano. Como la saliva de un recién nacido. Salvaje como dios, como la media luna. Como las antípodas y los anticuerpos. Como las colecciones de corcholatas. Salvaje como las bombachitas de una monja. Como las ruedas de una bicicleta, como su circunferencia. Salvaje como la llamada a comer de mi abuela. Como la ternura. Como la apertura de una carta. Como las rayas de esas máquinas que miden los temblores. Salvaje como la palabra “telúrico”. Como las rayitas sobre el pavimento. Como el sonido de las galletas saladas cuando caen de pronto en medio de una fiesta. Salvaje como la simetría, como la geometría, como la antipatía. Salvaje como una visita a media noche. Como una visita a medio día. Como una vista a las seis de la mañana. Salvaje como lo esencial. Como las fibras sintéticas. Como los teléfonos inalámbricos. Salvaje como el metro de la ciudad de méxico, como el subte en buenos aires, como la tristeza de rimbaud. Salvaje como diez centímetros de goma de mascar. Como un disco viejo de los stones. Como una buena banda de blues. Como una raya de más en la textura de un tigre. Salvaje como el capitalismo, como el neoliberalismo, como el comunismo, como el catolicismo, como el socialismo, como el sincretismo, como el anatocismo y como el control remoto de la televisión. Salvaje como la cortina de hierro, como la muralla china y como el material aislante. Salvaje como the cramps*, como the monsters, como the-the. Salvaje como una palabra dicha al oído, como una caída en blando, como una teta al aire en un día domingo en la alameda. Salvaje como esas visitas a las que les cuesta irse. Como un dedo metido en el culo. Como una pestaña que cae y no cumple ningún deseo. Salvaje como una silla con ruedas. Como un ejecutivo de cuenta. Como una partitura de violoncello.



