Deseado todo, acabar con nada (nadie puede tener nada: la noción de nada, ya es algo). Iniciada la revuelta, perderla (nadie puede perder todo, ni una revuelta, ni una guerra, ni la referencia de que la historia no pasa sin quedarse, no termina sin empezar de nuevo). La lejanía de dios como un pretexto para ser un fracaso de dios. Derribado en tu cama (derribado en la cama de nunca, en la cama de no te vayas, en la cama donde termina el mundo, plano como es), la marea de mis manos termina en tormenta, en péndulo, en signo de interrogación. No me eludo, no me destaco en este arte de argumentar la vida para evitar la muerte. Soy una sombra destinada a quedar impresa por el horror de mí mismo. Una sombra sin dueño, sin cuerpo que cuestione al sol.
Nada en mí se avoca a este destino: ayer me preguntaba si con mi próximo salario se pueden afrontar los gastos de un funeral. Uno tiene que pensar en esas cosas. Uno tiene que pensar si su cuerpo frente a la luz puede considerarse un eclipse. O considerar las consecuencias de que el futuro sea la persecución de un crepúsculo. O pensar en que ninguna idea de dios podría considerarse viable en un mundo de autopistas y almas férreas (alma: gracia que se inflige a los escritores de tiras cómicas). La historia entera recula ante la sonrisa de una mujer: nadie sobrevive a un sobresalto y, mucho menos, a la indiferencia del sobresalto. ¿Cómo decir que da lo mismo un sábado por la noche que la sonrisa de un niño?
Asumo que, como cada sombra, muero al morir el sol. Asumo que la historia del mundo no es la historia de un mundo que me incluya. Que no soy alguien y no soy la totalidad del mundo de nadie. Asumo la cortedad de este cuerpo de brazos mutilados, la asunción de la virgen maría, la eternidad de la calle donde se ponen las putas. Asumo que tiene razón quien dice que no soy necesario. Asumo que tengo que entender el momento. Lejos de todo, afirmativo en todo caso, me permito pensar en un oficio futuro: carpintero (no, demasiado doloroso. Demasiado ligado. Demasiado referencial). Tal vez ayudante de carpintero. Me permito pensar en oficios como el de la salamandra. En el oficio del invierno. En el desmoronamiento oficioso de un oficinista.
Quedar intacto en un muro. Como la memoria de una escalera. Como su sombra. Como el fuego de una escopeta en la boca. Como las sombras de Hiroshima. Como la escalera de un abuelo.
Como el infierno. Intacto.
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Hoy después de leer el blog, comencé a buscar el tapiz de Anita.
Curiosamente ¿sabés como se llama? Amor por Hiroshima……Como aquí no puedo publicar la foto de una escalera de una abuelo, la publico en la pag http://estudiorodante.com
hay Sombras y sombras, la sombras de una gato, de una Maga, las sombras de nada, las sombras del Diablo, las sombras de Hiroshima, las de una escalera, las sombras de un abuelo, las sombras de Arístides, las de una paloma en plaza Almagro, las sombras de cuerpos haciendo el amor……sombras.
Yo vi la sombra de la muerte, yo ví las sombras del perro que acompaña a la muerte, yo soy lo que queda de una sombra.
Yo soy una simple impresión en una pared a la que le toman fotos para no olvidar.
Yo sólo soy ese morir en sombras, esa impresión indefinida que queda después de que pasa la muerte.