Noviembre, 2006


23
Nov 06

Altman

Charros. Descance en paz, Robert Altman.


21
Nov 06

Amman


Amman se muestra tranquila, con esa tensa calma prefigurada que todo occidental vive en los países árabes. El viento es como un velo que se mece frente a un viento que no tiene a nadie que lo refiera, o que lo calme, o que lo añore. Sus colores son grises pero tienen cierto aire de encendidos, como una anciana que de pronto se sonrojara ante las puterías de su historia.

Tomo un jugo de naranja con zanahoria y el hombre que me sirve me dice con una sonrisa que gracias se dice “shukran” en árabe. Entonces le digo que gracias en su lengua, y me retiro calle arriba con muchos siglos de historia a cuestas. No puedo hacerme responsable ni de mi propia historia. Las sonrisas son batallas ganadas de antemano en la infame historia de las personas.


Amman calla y se envanece. No tiene pudor pero aún así no te abre las piernas fácilmente. Su frente se muestra altiva y perfumada, como si aún en pleno invierno pudiera llamarse estival a si misma. (Digresión necesaria: una mujer musulmana se acerca a mí y me pide una entrevista. Le digo que encantado y le extiendo la mano; ella se retira aterrada y me dice “no, no, por favor. No se ofenda, pero no puedo tocarlo”. Y bueno, pienso que es la primera vez que una mujer me expresa de una manera tan clara su rechazo. Hubiera preferido que empezaran antes). Amman parece querer definirse en inacción, en negar el paso del tiempo. Pero sus labios rotos la traicionan. Su afán de concreto es inacabable, como el de cualquier otra ciudad. Largo es su aliento y tiene olor a desierto y mar muerto.

Los he descubierto. Con su belleza, Jordania mató al mar.


1
Nov 06

Barbie estilo Ed Gein*

Joyería de la Carnicería de Barbies.
Margaux Lange


Esta pieza es simplemente encantadora y resume una idea que me ha dado vueltas durante mucho tiempo en la cabeza. He tenido siempre la proclividad a pensar que la barbie, más allá de la crítica cultural y social que pueda hacerse de ella (desde antípodas como el feminismo y la religión católica), representa sin duda uno de los iconos sádicos más aceptados y bien recibidos de la historia de la humanidad. El fetichismo sexual de barbie —y sus respuestas pensadas para mercados más jóvenes, como las muñecas bratz, etc— es simplemente el fetiche más singularmente claro de toda la humanidad, la muñeca-objeto-sexual que se compra no para el disfrute de las niñas, sino para el deleite de los padres de las niñas. Sus gestualidades y sus artilugios rayan sin duda en la putería más acabada, que además tiene el encanto de ser una putería “aceptable” como modelo para las niñas del mundo. Estos iconos pasan, por supuesto, por su cuota infame de frivolidad y eso las convierte en una perversión aún más deliciosa: carecen por completo de sentimientos o de ideas propias, son “chicas materiales” más huecas que madonna, son perfectamente utilizables y desechables, nadie se alarma cuando yacen inertes y desnudas en la sala de cualquier hogar de clase media, se erigen como la última “muñeca inflable” de la gran sex shop en la que se ha convertido el mundo. Uno puede encontrar una cabeza de barbie tirada en el piso y pasar perfectamente indiferente ante ella, tal vez pensando “ese era su destino”. Recordemos que la cabeza arrancada de un osito de peluche todavía hoy enternece.

El rabioso maquillaje de las muñecas bratz —que son las que vinieron a coronar, como cereza en el pastel, el concepto de “muñecas para papá” y que juegan además con un elemento pedófilo la mar de siniestro— es la perfecta manifestación de un afán de perversión totalitario por su afanoso fundamento en la gracia de la doble moral: papi puede mirarle las tetas y el culo a la muñequita —la putilla de antro que además es íntima amiga de alguien de su familia— mientras su hija la sostiene y desnuda parsimoniosamente, tratando de averiguar si ese pedazo obtuso de plástico tiene algo más interesante qué ofrecerle.

Si no sabes dónde acabó tu muñeca, búscala en la cajuela del auto de tu padre.

* Ed Gein, conocido como el carnicero de Plainfield, es probablemente uno de los asesinos seriales más infames de la larga tradición norteamericana. Sus crímenes no sólo incluyeron el asesinato y la mutilación, sino que Gein se constituyó en un verdadero artesano macabro, fabricando muebles, prendas de vestir y hasta instrumentos de cocina con los restos mortales de sus víctimas.