Enero, 2005


31
Ene 05

Acabar

Acabar como en silencio, como pensando que el que calla otorga; sudando como las paredes de un cine porno, con esa complicidad masturbatoria, con ese temblor de manos y de carne y de vergas como catedrales. Acabar como sin querer, como queriendo, como monja sonrojada. Acabar de lado, de frente, de guerra y de postparto.

Acabar esperando que continúe, esperando el futuro, esperando los años juntos y la caricia avejentada. Acabar con ganas, acabar prematuramente, acabar con impotencia, con rabia, con deseo, con esperanza. Acabar sin duda, acabar sin ver, acabar como si comenzara algo, como si mañana quedara a la vuelta de la esquina.

Acabar como una guerra, entre gritos y ruinas y mortajas y aspavientos. Acabar como misil, como espada laser, como película del Santo. Acabar avanzando de rodillas, como mártir, como niño dios, como adolescente enamorado, como político en desgracia.

Acabar sabiendo que, después de todo, todo es para siempre.


30
Ene 05

Torre

Otro “dibujo al azar” en uno de mis cuadernos de poemas. Ésta es una torre que solía mirar cuando me iba a escribir a un parque cercano a mi escuela secundaria. Hace muchos años.


17
Ene 05

Crucifijo en la pared

Se acerca a mí con la parsimonia de una niña, con la mirada lánguida de una muerta. Me dice que la derrota es mía como las horas que paso contemplando mi derrota. Sus manos son todo dedos y todo anillos de compromiso. Esta es una mala jugada, una perrada de no sé qué narrador omnisciente que me pretende como personaje. Esta es una habitación en el centro de cualquier lado, o mejor, en el centro de ninguno. Ojalá fuera la tuya, le digo a alguien en mi mente, y sus labios que chasquean me devuelven a mi mundo.

Observo sus manos, desnudas como el resto de su cuerpo. Las uñas son como largas comisuras de labios chorreando sangre o semen o exceso o velamen. Chorreando la vocación de noche de los vampiros. Hay algo en todo esto que me hace sentir como muerto, o como con ganas de estarlo, como con ese impulso que lo niega todo, que lo desdice todo, que cuestiona hasta el suicidio, hasta el hartazgo.

Suicida me rindo a su mirada. Sus ojos se asoman desde el fondo de una calavera que no es la suya; sus ojos me recuerdan que hace unos segundos le miré las tetas y me vino a la mente la idea de que eran estrábicas. Los pezones apuntando para lados distintos, como enloquecidos por el tedio de colgar en espera de un orgasmo que los sacuda. Y nada, me imagino, nada que llega. Los orgamos son como flores cortadas para un ramo que se muere.

Muérete de una puta vez, me digo. Ríndete al miedo.

No soporto ser todo lo feo que soy. Cuando me miro en su mirada quisiera no verme o verme sin saber que soy yo mismo lo que veo. Quisiera no tener esa compleja certeza del “yo mismo”. Quisiera no retratar como retrato, en sus ojos o en los de cualquiera. Soy esa clase de monstruo que mira sus álbumes de fotos sólo para avergonzarse. Me avergüenzo de mis ojos de loco y de mi cabello mundano y de mis brazos largos y tediosos y de mi torso de niño y de mis piernas imposibles y de mi trasero inexistente y de mis labios de rumbera y de mi sonrisa que nunca se concreta.

Ella me cobija como a un niño. Ella es la única que sabe, o que intuye, lo frágil que es mi pensamiento. Ella sabe que me odio y me proteje al demostrarme que puede odiarme más.

Sus manos hacen que me dé cuenta de que la única imagen que tengo de mí mismo es la de un crucificado. La de una tortura inmensa. La de un dolor inconcebible.

¿Es esta la vocación de los cobardes?, le pregunto. Ella sólo retuerce su torso conta el mío, tetas bizcas contra mi corazón borroso, y hace ruidos que invocan la ternura.

Te amo, le digo. Desde el primer instante en que te ví.


12
Ene 05

se muere

Se muere como por vanguardia. Se muere con la extraña dignidad de ser la primera vez, y la única. Se muere con la sensación de lo irrepetible. Se muere con esa idea equívoca de la vida como un hecho. Se muere por desencanto, por musicalidad, por intelecto. Se muere por desatino, por desafino, por destino y llegada tarde.

Si me preguntas por mi destino, te diré que se muere de hastío, de ver pasar los trenes y de animales en peligro de extinción. Se muere de insolencia y de manía masturbatoria. Si me preguntas por mi futuro, te diré que se murió ya, de pronto, a destiempo, a intervalos, en technicolor. Se murió de asco, de aspirina, de pura mota e incendio forestal. Se murió de fracaso, de lo que mueren los acordes, de lo que mueren las buenas noticias.

Se muere de vocación, querida. Se muere de signo de interrogación, de pechito, de despecho.

Hoy, frente a mí, pasa nuestro cortejo fúnebre. Bello como un verbo conjugado.


6
Ene 05

p

¿qué tan lejos puede ir? a veces, cuando me enciendo como una de esas velas laterales de los templos, que no le hablan a ningún santo o dios o cruz o sortilegio, sino que le hablan al puro placer de arder sin sentido; a veces, en esas veces, en ese arder con sosiego y sin encargo, me digo que no llegaré lejos. que mi soledad abarca apenas un rincón en un barco hundido. que no moriré de esto, aunque me esté matando. que apenas son unos pasos.

me lo pregunto cuando pienso en tus ojos. en tus senos pequeños de niña altiva. me lo pregunto cuando remiendo el discurso que nunca dije, cuando me reencuentro con tus nalgas en la memoria, cuando te me apareces clara como algoritmo y circunstancia. me lo pregunto cuando me pregunto por qué nunca arreglé tu cabello alborotado por el trote, o por qué no omití el miedo y miré en tus ojos.

me lo pregunto cuando recuerdo que la vez pasada me encontraste frente a una pared llena de espantos, y te limitaste a decir un hola sin sentido, pero bello en su remanso.

son miedos simples. casi con la claridad del recuerdo. casi como sentirse sólo. casi como nunca decir tu nombre.