no hay nada más parecido a morir que encontrarse con la vida. miré mi vida, la miré a ella, me dí el lujo de acariciar su rostro y de decirle que la encontraba hermosa (es hermosa, pero suena mal cuando lo digo, como si la belleza de ella fuera un reproche frente a mi fealdad). alboroté su cabello con la mano y pensé que dejarían de caer cada noche las imágenes del dolor frente a mis ojos, como esas líneas lacias y como ese calor tan puro. ¿cuánto dolor encierra en mí todo esto? pienso en todo el dolor y nunca es suficiente.

nadie me dijo que aún la amaba, pero mi amor no se cansó de gritármelo de inmediato. aún no se cansa. el reproche viene a mí desde california, casi como si fuera capaz de tomar la forma de un desierto, de una playa, de un terremoto; y sé, trágicamente, que ni siquiera es un reproche. el reproche es mío, la culpa es mía: no por dejar de amarla (algo imposible: como un rezo de maitines en la cabeza de un durmiente), sino por que al amarla le permití ser un desierto. soy ese desierto que se invoca con su nombre:

¿cuántas veces decir que se ama, que la amo, sabiendo que mi corazón es poco menos que vergüenza?

me respondo desde mi indolencia. la indolencia se responde en su desconcierto. la amo desde el mucho tiempo que me separa de su rostro. la amo desde el mucho odio que quisiera ver en su mirada. la amo desde que nunca me perdono. la amo tanto como soy capaz de odiarme. la amo casi como si fuera un castigo.

pero ella no sabe sino ser un minuto de silencio. un responso. no sabe sino mirarme como se mira a un niño. soy yo, lo sé. este amor que nunca se domina.

la amo. vomito sangre, mientras tanto.

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Soy un Artista Multidisciplinario. Me apasiona lo visual, las palabras y la música. Trato de tener algo de eso cada día de mi vida.

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